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miércoles, 26 de agosto de 2026

Un caballo más rápido

Una locomotora monumental sostenida por cuatro patas de caballo ante un collage documental de AUTOCONVOCADOS

Por Ray Luna

Hay algo admirable en convertir varios miles de dólares en un rectángulo.

No digo admirable en sentido moral. Digo admirable como fenómeno físico. El dinero, que hasta entonces era una sustancia abstracta, electrónica, casi metafísica, atraviesa PayPal, cambia de manos, pasa por una compañía de publicidad y termina solidificándose junto a una autopista de Miami bajo la forma de una enorme superficie que informa a los automovilistas de que Cuba es una tiranía.

No se vota. No se negocia. No se acepta plebiscito. Me cuesta imaginar al cubano de Hialeah que, detenido en el tráfico de la Palmetto camino al trabajo, levanta los ojos, lee aquello y exclama:

—¡Coño, conque era una tiranía!

Pero no quiero ser injusto. La valla de AUTOCONVOCADOS no estaba destinada a descubrirnos la naturaleza del castrismo. Sus promotores dijeron que pretendían «visibilizar» la iniciativa y llevar el mensaje a más personas. Eddy Maidique habló también de «exponer» el llamado Cambio Fraude. Después de la primera valla vino, naturalmente, la idea de otra. Adniel Álvarez lo expresó con una felicidad metafórica que merece pasar a los anales de nuestra ciencia política:

«Este tren acaba de arrancar».

El tren, hasta donde alcanzo a entender, consistía en recaudar para poner la misma cosa en otro lugar. No seamos mezquinos. Un hombre ha llamado tren a dos anuncios publicitarios y no seré yo quien le quite la locomotora. El problema es que debajo del tren asoma una herradura.

El señor Ford entra en el Space

Se atribuye a Henry Ford una frase que probablemente nunca pronunció, lo cual la convierte en una de esas ideas demasiado buenas para necesitar autor: si hubiera preguntado a sus clientes qué querían, le habrían pedido un caballo más rápido.

La importancia de la frase no está en burlarse de los clientes. Un hombre que ha vivido toda su vida entre caballos no tiene ninguna razón para imaginar espontáneamente un motor de combustión. Cuando piensa el progreso, piensa dentro de la categoría que conoce. Más velocidad significa mejores patas. Más autonomía significa mejor pienso. Más comodidad significa una silla nueva. El automóvil exige una operación mental anterior a la ingeniería: hay que dejar de perfeccionar el caballo.

Eso es precisamente lo que no encuentro en AUTOCONVOCADOS. Y no solamente en AUTOCONVOCADOS. Sería injusto hacer recaer sobre Eddy Maidique y sus compañeros una enfermedad que está mucho más extendida en el cuerpo político cubano. Ellos tienen, simplemente, la virtud de ofrecerme un ejemplo extraordinariamente fotogénico.

Ante la insuficiencia de una valla: otra valla. Ante la insuficiencia de una denuncia: más denuncia. Ante la insuficiencia de un Space: otro Space. Ante la falta de unidad: una convocatoria para hablar de la unidad. Ante el fracaso de la convocatoria: un Space para analizar por qué los cubanos no acudieron a la convocatoria. Ante la falta de presión internacional: una carta a un congresista. Después, una fotografía de la carta, una publicación anunciando que se envió y quizá, con suerte, una entrevista para hablar sobre la importancia de haberla enviado.

La oposición cubana ha perfeccionado hasta extremos casi barrocos el arte de producir acontecimientos cuyo resultado principal consiste en demostrar que el acontecimiento ocurrió. Eso no significa que toda denuncia sea inútil, que toda reunión carezca de valor o que una valla no pueda producir algún efecto. El problema comienza cuando dejamos de preguntar qué operación política debía realizar el instrumento y nos conformamos con constatar que fue visto. Allí nace lo que podríamos llamar la metafísica de la visibilidad.

AUTOCONVOCADOS dijo que quería «exponer» el Cambio Fraude. Perfecto. ¿Y después de exponerlo? Visibilizar. ¿Y después de visibilizarlo? Crear conciencia. ¿Y después? Movilizar. ¿Y después? Ejercer presión. ¿Y después? Democracia. Hay cadenas causales en la física de partículas menos misteriosas. La dificultad consiste en que nunca vemos con claridad el mecanismo por el cual una determinada cantidad de indignación pública se transforma en capacidad para decidir quién administrará un Estado.

El régimen cubano, curiosamente, jamás ha cometido esa confusión. Granma no es el poder. La Mesa Redonda no es el poder. Las consignas no son el poder. El régimen utiliza esas cosas porque posee poder. Detrás de la consigna está el oficial. Detrás del oficial está una cadena de mando. Detrás de la cadena de mando existen archivos, presupuestos, informantes, empresas, cárceles, tribunales, privilegios, mecanismos de selección, redes familiares y hombres a quienes otro hombre obedecerá cuando reciba una orden.

La propaganda protege esa arquitectura; no la sustituye. Nosotros, en cambio, hemos desarrollado la curiosa costumbre de contemplar propaganda opositora como si fuera poder todavía sin madurar. Le falta tiempo, suponemos: más reproducciones, más seguidores, más caballos.

La indefensión aprendida puede organizar un Space

Intentemos pensar estas cosas mediante tres categorías: salida, voz y reseteo. La salida abandona el sistema; la voz procura modificar mediante presión o influencia el comportamiento de quienes lo administran; el reseteo plantea otra cosa: la sustitución del orden existente y, por consiguiente, el problema de la sucesión. Debemos distinguir además entre captura y transferencia.

No considero esas categorías grados de santidad. Hay momentos para la voz, momentos para salir y circunstancias en las cuales la voz puede modificar efectivamente una institución. El problema cubano es que una parte enorme de nuestra imaginación política parece haberse quedado encerrada en ella.

Hasta cuando decimos «derrocar», actuamos mediante voz. Declaramos que queremos derrocar, explicamos por qué hay que derrocar, convocamos un Space sobre las condiciones morales del derrocamiento y redactamos los diez puntos que deberá respetar quien eventualmente derroque.

Y si aparece alguien preguntando exactamente cómo se pasa de la declaración al poder, miramos al pobre hombre como si hubiera introducido pornografía en una reunión parroquial. De ahí una idea que cada vez me parece más importante:

La indefensión aprendida también puede ser hiperactiva.

Solemos imaginarla como inmovilidad. El animal que ha recibido demasiadas descargas termina tumbado en una esquina y deja de intentar escapar. Pero el ser humano posee una imaginación infinitamente superior a la del perro de Seligman: puede aprender a no escapar y, al mismo tiempo, desarrollar una impresionante cantidad de actividades dentro de la jaula.

Puede fundar una organización, diseñarle un logo, abrirle una cuenta, convocar semanalmente, celebrar una cumbre, crear un comité para preparar la próxima, recaudar, denunciar, entrevistarse, emitir declaraciones y terminar agotado todas las noches por el enorme esfuerzo que exige permanecer exactamente en el mismo lugar. No es pasividad. Es algo más fascinante: impotencia cinética. La máquina no está detenida; está revolucionada en neutro.

Por eso tampoco me impresiona demasiado cuando alguien me informa que Fulano «lleva veinte años luchando contra el castrismo».

Eso puede ser un mérito moral. No constituye automáticamente una credencial estratégica. Un hombre que repite la misma operación durante veinte años no necesariamente posee veinte años de experiencia. Puede poseer un año de experiencia repetido veinte veces. Las cicatrices prueban que hubo batalla. No demuestran que uno haya aprendido estrategia.

Mientras tanto, en otro planeta

Y aquí aparece algo que me interesa mucho más que AUTOCONVOCADOS. He estado hablando con algunos cubanos jóvenes. No con «la juventud cubana»: no voy a fundar otra sociología con cuatro conversaciones privadas. Hablo de varios muchachos concretos cuya sensibilidad me resulta curiosa porque parecen pertenecer a otro tipo político. Son inteligentes, tecnológicamente competentes, meméticos e irreverentes.

Y, cosa muchísimo más importante, no sienten ninguna obligación de pedir audiencia a la oposición establecida. Este detalle me parece extraordinario. Las generaciones políticas suelen intentar desplazar a las anteriores; estos muchachos ni siquiera parecen interesados en desplazarlas. Simplemente pasan por otro lado. No quieren presidir AUTOCONVOCADOS, reformarlo ni, probablemente, ser invitados por él.

Para utilizar un término más apropiado al mundo que habitan, lo están ruteando alrededor. Como hace una red cuando encuentra un nodo ineficiente. Y la distancia no es solamente tecnológica. Algunos contemplan muchas de las categorías veneradas por la oposición histórica —democracia, raza, igualdad, representación, derechos, identidad— con una irreverencia que produciría convulsiones en más de un taller de «sociedad civil».

No porque hayan encontrado necesariamente respuestas mejores; eso no lo sé. Lo interesante es que han recuperado algo anterior a la respuesta: el derecho a formular la pregunta. Democracia, para ellos, puede volver a ser un problema político y no una palabra sacramental; raza puede discutirse fuera del vocabulario aprobado por las fundaciones norteamericanas; igualdad puede ser examinada y no simplemente invocada. Eso ya los coloca psicológicamente en otro lugar.

Y uno de ellos, en medio de una conversación, me contó que estaba construyendo un bot.

El bot que no va a liberar Cuba

Debo aclararlo antes de que algún señor irrumpa: no, el bot no liberará Cuba. Tampoco lo harán Python, ChatGPT, Elon Musk, un repositorio de GitHub ni una combinación alquímica de todas esas cosas ejecutándose desde un MacBook en casa de la abuela. El muchacho tampoco parecía creer semejante cosa; ahí está precisamente la gracia. No me impresionó el bot, sino la clase de pregunta que había producido el bot. El muchacho no había pensado:

«¿Cómo puedo hacer que más personas vean este mensaje?»

Había pensado en un sistema: fuentes, feeds RSS, scraping cuando el feed falla, clasificación, memoria, APIs, automatización, horarios, publicación, un repositorio en GitHub y un workflow de GitHub Actions que se despierta solo varias veces al día; cron, JSON, Python, OAuth y secrets que no deben terminar en un repositorio público si uno desea evitar una experiencia educativa costosa. Cada una de estas cosas, aislada, es trivial para quien trabaja con ellas. Juntas revelan una disposición mental distinta.

AUTOCONVOCADOS reúne dinero para colocar un objeto; el muchacho invierte tiempo en construir un proceso. El objeto existe mientras se paga su alquiler. El proceso puede despertar mañana, modificarse, registrar lo que hizo ayer, incorporar otra fuente, duplicarse, ser copiado y hasta fallar a las tres de la mañana sin convocar una reunión de emergencia. Si algo sale mal, no hay que recaudar para comprar otra autopista: se corrige el script.

No comparo aquí la eficacia probada de dos estrategias. Sería absurdo. No tengo pruebas de que ese bot vaya a conseguir nada políticamente relevante. Comparo dos formas de imaginación. Una pregunta cómo repetir mejor una operación conocida. La otra pregunta qué operación todavía no existe. Ford estaría sonriendo.

GitHub contra la Palmetto

Lo verdaderamente revolucionario, sin embargo, no es el bot, sino el contexto material que hace posible que un solo muchacho piense siquiera en construirlo. Hasta hace muy poco, vigilar diariamente decenas de medios requería personas: alguien buscaba, otro clasificaba, otro redactaba, otro traducía, otro diseñaba, otro publicaba y otro archivaba.

Había escritorios, salarios, horarios, directores y, naturalmente, un señor encargado de solicitar la subvención que permitía pagar al director encargado de supervisar al señor que solicitaba la próxima subvención. Una institución. Hoy una parte creciente de esas funciones puede comprimirse.

Un individuo con una laptop puede agregar feeds, hacer scraping, consultar APIs, utilizar modelos de lenguaje para clasificación preliminar, generar imágenes, programar publicaciones, guardar estados, analizar métricas y modificar el sistema sin contratar a veinte personas. No digo que deba hacerlo todo ni que lo haga mejor. La inteligencia artificial también nos ha concedido el milagro de industrializar la mediocridad.

Ahora un imbécil puede producir en una tarde la cantidad de estupidez para la cual antes necesitaba toda una vida. Pero eso no altera el fenómeno fundamental:

El costo de adquirir capacidad institucional está cayendo de manera brutal.

Y esa caída puede terminar teniendo consecuencias políticas enormes. El individuo comienza a recuperar funciones que la modernidad había concentrado en organizaciones. Una persona puede ser simultáneamente pequeño observatorio, archivo, agencia de contenidos, estudio gráfico, editor, traductor y distribuidor. No reemplaza al partido. No reemplaza a una red clandestina. No reemplaza hombres capaces de ejercer poder. Pero cambia violentamente el punto desde el cual esos hombres pueden comenzar.

Por eso el contraste entre GitHub y la Palmetto me parece tan extraordinario. No porque GitHub sea «moderno» y la valla «vieja» —eso sería una estupidez tecnológica—, sino porque una inversión produce exposición y la otra puede producir capacidad acumulativa. La valla termina; el repositorio queda. Mañana hay una nueva versión y pasado mañana alguien hace un fork.

La revolución de los comemierdas

También está el meme. Aquí mi generación debería mostrar un poco más de humildad. Durante demasiado tiempo los adultos hemos tratado el meme como el dibujo obsceno que los muchachos hacen mientras nosotros discutimos cosas serias. Exactamente por eso los muchachos suelen entender mejor ciertas cosas. Un régimen político necesita que algunos de sus símbolos sean tomados en serio: el uniforme, la bandera, el líder, la épica y las palabras sagradas —Revolución, Continuidad, Victoria, Patria—.

La sátira introduce ácido en esa solemnidad. Un discurso de Díaz-Canel puede tardar una hora en prepararse y veinte segundos en convertirse en meme. Un departamento entero de propaganda produce una imagen; un adolescente le pega otra cabeza encima; alguien la convierte en video, otro le añade audio, otro cambia el texto y una cuenta anónima la publica. A las pocas horas, la imagen nueva obtiene más circulación que la original y el régimen ya no controla ni siquiera el significado de aquello que produjo.

Eso tampoco derriba un gobierno, pero desacraliza, y ningún poder disfruta demasiado cuando sus enemigos descubren que puede ser convertido en chiste. La memética posee además una propiedad que la política institucional cubana apenas ha comenzado a comprender: no necesita pedir permiso para reproducirse. La valla tiene dueño; el meme exitoso pierde al suyo. Circula, muta, se vulgariza, se corrompe y se adapta.

Se reproduce como una enfermedad venérea, lo cual probablemente sea la metáfora institucional más apropiada para Internet. La valla aspira a permanecer. El meme acepta morir porque detrás existe una cultura capaz de fabricar otros mil. Esa diferencia vuelve a llevarnos de producto a capacidad.

El problema no es que sean viejos

Sería muy fácil reducir todo esto a una pelea generacional. No me interesa. Hay muchachos de veinticinco años con una imaginación política de 1987 y hombres de setenta capaces de entender perfectamente el mundo actual. La edad cronológica no es el argumento. El problema aparece cuando una generación confunde haber estado presente durante mucho tiempo con comprender mejor aquello que está ocurriendo ahora. No son lo mismo: hay épocas en que la experiencia aumenta de valor.

Y hay cambios de entorno tan radicales que una parte de la experiencia puede transformarse súbitamente en lastre. El capitán de un magnífico barco de vela posee conocimientos admirables. Eso no lo convierte automáticamente en piloto de avión. AUTOCONVOCADOS me interesa porque dramatiza esa transición. No necesito que Eddy Maidique aprenda Python. Sería cruel con Python.

Tampoco necesito que José Alberto —@patriotacuban— abandone mañana cualquier actividad que considere útil. Lo único intelectualmente serio sería admitir que quizá una parte de los hombres que han dominado durante años la conversación opositora ya no poseen las mejores categorías para entender el terreno que está apareciendo. Y cuando uno no entiende el terreno, existen dos actitudes honorables.

Preguntar o escuchar. Existe también una tercera actitud, desgraciadamente más popular: dar una conferencia sobre la experiencia que uno posee en el terreno anterior.

Las dos revoluciones que no vieron

El asunto es todavía peor porque no estamos atravesando una sola revolución, sino dos: una tecnológica y otra ideológica. La tecnológica es evidente: inteligencia artificial, automatización, generación audiovisual, programación asistida, bots, modelos locales, redes distribuidas y costos marginales ridículos. Pero la segunda me interesa más.

Una parte de la oposición cubana sigue hablando con el vocabulario político moralizado de las últimas décadas como si hubiera recibido las tablas directamente en el Sinaí: democracia, derechos humanos, sociedad civil, unidad, consenso, participación, transición pacífica y presión internacional. Son palabras que pueden designar cosas valiosísimas. El problema comienza cuando dejan de ser conceptos y se convierten en conjuros.

No se pregunta qué democracia, qué instituciones la sostendrían, quién poseería la fuerza mientras nacen, qué impediría su captura, qué grupos controlarían recursos estratégicos, cómo se administraría una sucesión, qué pasaría con las Fuerzas Armadas, qué parte del aparato estatal habría que conservar ni quién nombraría a quién el martes siguiente. Se dice:

«democracia».

Y uno espera que el sustantivo haga el resto. Es exactamente el problema que me llevó a escribir sobre reseteo. La verdadera política comienza cuando uno deja de describir aquello que desea y empieza a preguntarse qué estructura de poder podría producirlo. Y aquí la revolución tecnológica y la ideológica terminan tocándose. Los muchachos que aprenden a construir sistemas también parecen menos dispuestos a venerar sistemas conceptuales heredados.

Experimentan con herramientas y con ideas. Eso puede producir monstruos. Perfecto: la libertad intelectual siempre corre ese riesgo. Lo otro produce algo que ya conocemos demasiado bien: comités.

El tren

AUTOCONVOCADOS ha demostrado que puede recaudar dinero, contratar publicidad, organizar encuentros y buscar interlocución política. No sería justo decir que «no hacen nada». La cuestión es otra: buena parte de esa actividad sigue desembocando en más voz —exponer, visibilizar, denunciar, enviar un mensaje, pedir otra localización para la valla—, no en una capacidad política acumulativa claramente identificable.

La propia continuidad de la campaña lo ilustra: se inicia otra recaudación, después se anuncia que se ha alcanzado la mitad del objetivo y vuelve a aparecer la valla de Palmetto.

Ese matiz es importante. Porque la crítica seria no consiste en decir:

«Ustedes no hacen nada».

Consiste en preguntar: ¿qué queda después de que lo hacen? Cuando termina el Space, ¿qué existe que no existía antes? Cuando baja la valla, ¿qué capacidad permanece? Cuando el congresista responde —o no responde—, ¿qué fuerza propia aumentó? Cuando termina la cumbre, ¿qué mecanismo funciona el lunes sin necesidad de volver a convocar a todo el mundo? No me interesa medir actividad. Me interesa medir sedimento.

Políticamente, aquello que no deja sedimento obliga a empezar siempre de nuevo, y quizá ahí esté el misterio de seis décadas. Siempre estamos empezando: otra organización, otro manifiesto, otra alianza, otra plataforma, otra campaña, otra reunión histórica, otra oportunidad definitiva, otro caballo.

Por eso aquella frase del tren me parece tan extraordinaria: «Este tren acaba de arrancar». Quizá. Pero antes de celebrar la velocidad convendría mirar debajo.

No vaya a ser que lo que llamamos locomotora tenga cuatro patas.

Hacerse a un lado

No sé qué producirán los muchachos de quienes hablo. Quizá nada. Quizá dentro de diez años algunos estén vendiendo seguros en Tampa y recordando con vergüenza el bot que escribieron a los veintidós. No importa. Me interesa que piensan de otra manera. No han recibido todavía suficientes derrotas como para confundir las formas familiares del fracaso con las únicas formas posibles de la acción. Esa inocencia puede ser políticamente valiosísima.

Mientras unos recauden miles para que una idea permanezca inmóvil junto a una carretera, otros aprenderán a construir sistemas que funcionan mientras duermen. Mientras unos convoquen para hablar de la necesidad de convocar, otros crearán pequeñas redes sin pedir inscripción. Mientras unos protejan la autoridad derivada de veinte años de experiencia, otros descubrirán que veinte años pueden ser simplemente el mismo año reproducido veinte veces.

Y mientras unos pregunten quién autorizó a esos muchachos a hablar, los muchachos probablemente estarán ocupados haciendo otra cosa. Ese es el detalle que más debería preocuparlos. La nueva generación no necesariamente viene a destronar a la vieja oposición; puede hacer algo muchísimo peor: volverla irrelevante. No mediante una declaración, una purga o siquiera una polémica, sino simplemente construyendo por fuera.

Los hombres que todavía quieren criar caballos más rápidos son libres de hacerlo: que recauden, que ensillen, que anuncien la carrera. Pero llega un momento en que la experiencia deja de otorgar derecho de paso. Cuando el entorno cambia y uno ya no consigue comprenderlo, quedan dos contribuciones políticas dignas:

escuchar a quienes parecen entenderlo mejor o hacerse a un lado para que puedan intentar algo distinto.

Porque la historia, a diferencia de una valla en la Palmetto, no concede reproducciones por haber permanecido mucho tiempo en el mismo sitio.