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viernes, 14 de agosto de 2026

Libertad de expresión



Imagen original del artículo

Por Greg Johnson

Nota del autor

Este es el texto del discurso que pronuncié en la Conferencia Erkenbrand, en los Países Bajos, el sábado 3 de noviembre de 2018. Deseo dar las gracias a los organizadores de Erkenbrand y a todos los asistentes.

Tengo buenas y malas noticias.

La buena noticia es que a todo el mundo le gusta recibir buenas noticias. Es fácil transmitirlas y fácil recibirlas.

La mala noticia es que a nadie le gusta recibir malas noticias. Es difícil transmitirlas y difícil recibirlas. Recibir malas noticias resulta perturbador, razón por la cual comunicarlas es complicado. A veces hay que enfrentarse a lágrimas y enfado.

Pero las malas noticias siempre son más importantes que las buenas, porque, si algo va mal, es necesario saberlo. Una mala noticia no es un problema, sino la conciencia de que existe un problema. Por grave que sea este, normalmente es mejor conocerlo que ignorarlo, pues saber que existe constituye el primer paso para solucionarlo. La única situación en la que podría ser preferible no saber es cuando el problema no tiene solución, de modo que conocerlo únicamente lo agrava en lugar de ayudar a aliviarlo.

Como las malas noticias resultan perturbadoras, la gente suele responder a ellas de manera irracional. A veces prefiere no saber, aunque no pueden resolverse problemas cuya existencia se desconoce. En otras ocasiones dirige mal sus emociones. En vez de enfadarse con el problema y tratar de solucionarlo, se enfada con la noticia e intenta castigar al mensajero. Pero esto es insensato, porque la sociedad funciona mejor cuando la información circula libremente, y la información más importante son las malas noticias.

Puesto que recibir malas noticias perturba y comunicarlas entraña riesgos, enfrentarse a ellas pone a prueba el carácter. Quienes las reciben deben dominar sus emociones: si se deshacen en lágrimas o estallan de ira, harán más gravoso comunicarles malas noticias en el futuro, lo que significa que quizá no sepan de un problema hasta que sea demasiado tarde para remediarlo. Transmitir malas noticias también pone a prueba el carácter, porque siempre se arriesgan consecuencias personales desagradables; sin embargo, a veces es necesario asumir riesgos personales a corto plazo para garantizar un bien mayor a largo plazo. Como los portadores de malas noticias nos hacen un favor a todos, nos corresponde reducir sus riesgos al mínimo absoluto. Por eso la libertad de expresión debe ser un derecho consagrado en la ley fundamental de todos los países.

No se necesita el derecho a la libertad de expresión para decir a la gente lo que desea oír. La libertad de expresión es la libertad de decirle lo que no quiere oír, pero necesita escuchar. Tampoco es necesario ese derecho cuando se transmiten malas noticias a personas sin poder, como los propios hijos, alumnos o empleados. Al fin y al cabo, no pueden castigarte por tu buena acción. Necesitamos el derecho a la libertad de expresión cuando comunicamos malas noticias a personas más poderosas que nosotros: personas que las necesitan para tomar decisiones importantes y que tienen poder para castigar a sus portadores. Pero no pueden castigarnos si la libertad de expresión es un derecho. Nuestros derechos prevalecen sobre su ira.

Las dos cuestiones más importantes para los nacionalistas blancos actuales son:

  1. Derribar el tabú contra la política identitaria blanca; es decir, la idea de que es inmoral que los blancos, y solo ellos, defiendan su propio bando en los conflictos étnicos.
  2. Mantener nuestra libertad de expresión durante el tiempo suficiente para destruir ese tabú.

Los nacionalistas blancos somos portadores de malas noticias: que la diversidad no es una fortaleza, sino una fuente de alienación, conflicto y violencia; que la política y la moral modernas han colocado a nuestra raza en el camino de la extinción; y que la única solución consiste en abandonar el liberalismo, el individualismo hedonista, la globalización y el multiculturalismo, y recuperar políticas y valores más sanos y favorables a los blancos. Estamos cambiando la forma de pensar de la gente y el establishment es incapaz de revertirlo. Por eso intenta censurarnos.

Portada original de Against Imperialism
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¿Cómo podemos afrontar esta amenaza?

A corto plazo, necesitamos una Carta de Derechos de internet que proteja a los disidentes frente a la censura y el deplatforming. Más allá de eso, necesitamos una prohibición general de las condiciones de servicio y empleo políticamente correctas, para que podamos disentir sin poner en peligro nuestros medios de vida y nuestro capital social. Si conseguimos promulgar esa legislación, confío en que podremos vencer, y más pronto que tarde. Cambiaremos tantas mentes que alcanzaremos un punto de inflexión. El tabú contra la política identitaria blanca se desvanecerá. Los valores favorables a los blancos impregnarán la cultura. Finalmente podremos movilizar suficiente apoyo para derrocar al establishment político existente y sustituirlo por otro favorable a los blancos.

Pero ¿quién nos dijo que esto sería seguro y fácil? Los nacionalistas blancos luchamos contra el sistema totalitario blando más omnímodo de la historia. Es un sistema empeñado nada menos que en el genocidio de la raza blanca, un objetivo tan malvado que, cuando Platón y Aristóteles elaboraron sus listas de regímenes malos, resultaba sencillamente inconcebible. Para derrocar este sistema quizá tengamos que arriesgar mucho más que nuestros medios de vida. Tal vez debamos arriesgar nuestras propias vidas.

A largo plazo, sin embargo, probablemente venceremos aunque no consigamos una Carta de Derechos de internet. La censura puede ralentizarnos, pero no puede detenernos realmente. Ya hay personas sentando las bases de una nueva internet libre de los puntos de estrangulamiento donde se apostan los censores. Así pues, en última instancia, la única manera de impedirnos difundir nuestro mensaje por internet sería cerrar por completo la red. Pero el establishment no puede contemplar esa posibilidad, porque el sistema político y económico mundial depende de internet.

El establishment, o al menos el reducido estrato plenamente consciente de la amenaza actual de la política identitaria blanca, mantiene con internet la misma relación que un adicto con su droga. Sabe que lo matará a largo plazo. Pero muy pocos adictos superan su dependencia porque no soportan el dolor a corto plazo, aunque sea el precio de la supervivencia a largo plazo.

Quizá la mejor definición del ser humano sea la de animal intermitentemente racional. Una de las formas más extendidas de irracionalidad consiste en perseguir la gratificación inmediata a costa del bienestar a largo plazo. Así es como las naciones y los individuos se endeudan; así surgen las crisis económicas, demográficas y ecológicas. Afortunadamente para nosotros, así es también como el sistema dejará de hacer lo único capaz de detener el ascenso del nacionalismo blanco, hasta que sea demasiado tarde.

Por tanto, mantengamos el ánimo. Si continuamos difundiendo nuestro mensaje, venceremos. La censura en internet no puede detener ese proceso; únicamente puede hacerlo más lento y difícil.

Una vez que venzamos, ¿cuál debería ser nuestra actitud ante la libertad de expresión? Algunos nacionalistas blancos la consideran únicamente un medio para conquistar el poder. Quiero sostener que la libertad de expresión es algo que desearemos conservar después de vencer.

La libertad de expresión es un valor porque todos somos falibles y vulnerables. La falibilidad significa que podemos equivocarnos. Podemos poseer imágenes falsas o insuficientes del mundo que sean susceptibles de mejora. La vulnerabilidad significa sencillamente que contingencias imprevisibles pueden trastornar nuestros planes mejor trazados. Para superar errores y desgracias, primero debemos conocerlos. Eso significa que necesitamos libertad para ser portadores de malas noticias. Necesitamos libertad de expresión porque hace posible el verdadero progreso intelectual y social.

Una sociedad que carece de capacidad para cambiar carece de capacidad para conservarse. Pero no puede cambiar si no puede comunicar malas noticias a sus dirigentes. Por eso debemos querer proteger la libertad de expresión incluso cuando seamos nosotros quienes ostentemos el poder.

¿Por qué se opone la gente a la libertad de expresión? Existen dos razones principales.

Primero, algunas personas creen poseer ya la verdad. Esta verdad, además, es absoluta: completa y no sujeta a revisión. Por consiguiente, cualquier posición contraria es falsa. Esta es la razón por la que las religiones de tradición abrahámica, incluido el marxismo, se han opuesto a la libertad de expresión. Afirman ser absolutamente verdaderas. Por tanto, todas las demás religiones son falsas, o en el mejor de los casos apariencias de la verdad, y deben ser suprimidas.

Segundo, las personas con intereses creados en un sistema político y económico determinado rechazan la crítica porque amenaza su poder y su tranquilidad.

Portada original de An Artist of the Right
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Ambos puntos de vista son irracionales.

Todos cometemos errores. Todos sufrimos desgracias. Pero solo algunos quedamos destruidos por ellas. Otros aprendemos de ellas y las superamos. Sin embargo, una vez más, el primer paso para superar un problema es saber que lo tenemos.

Una de las ideas más poderosas de La República de Platón es que los regímenes políticos y los tipos de personalidad poseen estructuras análogas, de modo que la ciudad puede arrojar luz sobre el alma y el alma puede arrojar luz sobre la ciudad.

Hace años leí una lista de señales que indicaban que tu jefe podía ser narcisista. El punto que más me impresionó fue este: los narcisistas tienden a castigar a los portadores de malas noticias.

Definir el narcisismo es complicado, porque vivimos en una sociedad donde todas las manifestaciones del honor, especialmente del honor masculino, han sido patologizadas como narcisismo. No hay nada malo en tener una buena opinión de uno mismo y exigir que los demás nos traten con respeto. No hay nada malo en disfrutar los elogios por los propios logros. No hay nada malo en una autoestima elevada, siempre que se base en méritos objetivos.

Sin embargo, el narcisismo se convierte en un problema cuando alguien antepone la conservación de una imagen positiva de sí mismo a su autorrealización efectiva.

Todo el mundo comete errores. El camino hacia la autorrealización exige reconocerlos, asumir la responsabilidad, aprender cuanto sea posible de ellos y superarlos. El narcisista, en cambio, intenta preservar a toda costa su imagen positiva. Cuando se enfrenta a sus errores, los niega y se reafirma en ellos. O culpa a otros. O pasa al ataque, especialmente contra el portador de malas noticias. Cualquier cosa con tal de evitar asumir responsabilidades y reconocer que quizá todavía tenga algo que aprender y margen para crecer.

Los narcisistas pueden ser personas muy atractivas y poseer un potencial enorme. Por desgracia, creen ser perfectos tal como son, y semejante complacencia resulta mortal para el crecimiento personal. Con el paso del tiempo se observa que rara vez hacen realidad su potencial. En su lugar, parecen diletantes de discurso pulido. Los narcisistas de más edad también parecen cada vez más pueriles en comparación con sus contemporáneos.

Los narcisistas también tienen dificultades para mantener amistades. Los amigos te dicen lo que necesitas oír, aunque sea doloroso. Los aduladores te dicen lo que deseas oír. Los amigos favorecen la autorrealización porque comunican malas noticias. Los aduladores fomentan la complacencia porque solo dicen lo maravilloso que eres. Los amigos amenazan la imagen positiva del narcisista, mientras que los aduladores la refuerzan.

Evidentemente, colocar a narcisistas en posiciones de poder resulta desastroso, porque acaban tomando decisiones importantes basadas en información falsa o incompleta que les proporcionan los aduladores. No es manera de dirigir una sociedad.

El establishment censor actual es el narcisismo a gran escala.

Al censurar y reprimir las ideas nacionalistas blancas, el establishment no cambia casi nada. Nos gusta halagarnos pensando que el movimiento nacionalista blanco es la fuerza motriz del aumento de la conciencia racial blanca. Nuestros enemigos comparten la misma ilusión. Pero las fuerzas principales detrás del ascenso del nacionalismo blanco son los atropellos morales y las consecuencias catastróficas del multiculturalismo y del desposeimiento de los blancos. La gente acude a nosotros en masa menos porque nuestro movimiento la atraiga que porque el sistema la empuja. Esto significa que la conciencia racial blanca seguiría aumentando aunque los nacionalistas blancos fueran silenciados por completo.

Nuestros opresores antiblancos, por supuesto, no lo ven así, porque eso amenazaría su imagen positiva. El ascenso de la política identitaria blanca no puede ser culpa suya; por tanto, debe ser nuestra. Creen que solo existe porque embaucadores elocuentes como Jared Taylor y Millennial Woes tienen cuentas de Twitter. Por eso concluyen que la censura nos detendrá. Pero los nacionalistas blancos no somos la causa del conflicto étnico. Somos simplemente los portadores de malas noticias y defensores de una alternativa viable.

Censurar a los nacionalistas blancos en internet no impide que la gente observe, saque conclusiones y formule pensamientos disidentes. Tampoco impide que comunique discretamente sus ideas cara a cara ni que se organice en el mundo real. Lo único que hace la censura es volver invisible la verdadera magnitud de la disidencia. Esto dificulta que el establishment tome decisiones políticas racionales. La censura no fortalece el sistema; únicamente lo vuelve más ciego, quebradizo y vulnerable. Los defensores de la censura son como quienes retiran la batería del detector de humo porque están cansados de las falsas alarmas. Pero cuando la casa se incendia, es necesario saberlo cuanto antes.

Si yo dirigiera una sociedad, querría saber quiénes son los disidentes y qué piensan. Por eso convertiría la libertad de expresión en un derecho político fundamental. Si tienen razón, podemos aprender de ellos. Si se equivocan, podemos instruirlos. Si están peligrosa y obstinadamente equivocados, podemos vigilarlos.

Pero si vencemos, ¿realmente daremos a nuestros enemigos libertad para reagruparse, cambiar de imagen y conducir de nuevo a nuestro pueblo por el camino de la extinción? ¿No queremos cerrar para siempre sus bocas sucias y mentirosas?

Hay dos cuestiones.

Primero, si llegamos al poder, tendremos que purgar las instituciones existentes. No dejaremos riqueza, influencia ni poder político en manos de enemigos implacables. Les quitaremos sus plataformas en la política, los medios de comunicación y la academia. Simplemente les concederemos jubilaciones anticipadas y una prohibición vitalicia de dirigirse al público. Después ocuparemos sus puestos con personas leales a nosotros. Pero eso dista mucho de instaurar un régimen de censura intelectual.

Segundo, aunque se produzca una gran purga del sistema existente, sea cual sea la sociedad, en cada generación aparecerán personalidades anómalas atraídas por ideas que amenazan el orden social. La mejor forma de impedir que las malas ideas y la subversión institucional vuelvan a arraigar no consiste en crear un mundo donde nadie haya oído hablar de ellas. Por el contrario, debemos crear un mundo donde todos las conozcan. Una educación adecuada transmite información sólida, además de valores y gustos sanos. Una educación así nos inmunizará contra las malas ideas. No tenemos que censurarlas si somos inmunes a ellas.

El mal siempre estará con nosotros. Pero no debemos temerlo si somos inmunes a sus encantos. Debemos mantenerlo presente, pero sin poder, como una especie de memento mori, una calavera en el banquete, para recordar constantemente el infierno terrenal que venceremos, pero solo si empezamos hoy a utilizar y defender nuestra libertad de expresión.

Nota: este texto fue publicado originalmente aquí