
Por Greg Johnson
En «Contra el “mercado de las ideas”», sostuve que los nacionalistas blancos no podemos modelar nuestro trabajo según una empresa que atiende las ideas y preferencias existentes del público, porque actualmente la mentalidad pública está en gran medida en manos de nuestros enemigos. Así pues, en vez de seguir al público, debemos guiarlo; en vez de adularlo, debemos mejorarlo.
Pero existen fuertes incentivos económicos y sociales para abandonar las duras verdades del nacionalismo blanco en favor de ilusiones convencionales y halagadoras: ganarás más dinero, serás más popular y tendrás mayor aceptación social. ¿Cómo combatimos esto?
Primero, simplemente tenemos que hacer que la gente sea consciente de que existe un conflicto. La libertad no consiste únicamente en tener opciones; consiste también en ser consciente de ellas. No podemos ser verdaderamente responsables hasta que sabemos que estamos tomando decisiones y qué estamos eligiendo. Si alguien no comprende la diferencia entre adular al público y guiarlo, pero considera la popularidad y el beneficio como medidas del éxito, es fácil que se convierta en un adulador sin siquiera darse cuenta.
Segundo, debemos reclutar a personas de buen carácter que, cuando se les muestre que pueden elegir entre guiar o adular, tomen la decisión correcta: personas que prefieran la verdad, la justicia y el bien común a recompensas más personales e inmediatas, como el dinero y la popularidad.
Tercero, aquí resulta útil la distinción entre una empresa y una profesión. Las empresas miden el éxito por los beneficios. Las profesiones miden el éxito por su contribución al bien público. Nuestro objetivo es este último. Aspiramos nada menos que a la supervivencia y el florecimiento de nuestra raza.
Cuarto, si nuestro movimiento se parece más a una profesión que a una empresa, ¿qué clase de instituciones debemos construir? Los abogados y los médicos son profesionales, pero sus despachos y clínicas son empresas, a menudo muy grandes. Aun así, reconocemos que el afán de lucro corrompe la búsqueda del bien común y, por ello, contamos con frenos a la corrupción, concretamente códigos deontológicos y regulaciones económicas. Por malas que sean hoy el derecho y la medicina, serían mucho peores si abandonaran las formas propias de una profesión y se concentraran exclusivamente en ganar dinero.
La mejor manera de proteger una profesión frente a la corrupción de los incentivos del mercado es simplemente convertirla en una institución sin ánimo de lucro. Sin embargo, incluso estas instituciones necesitan ingresar más dinero del que gastan. Por tanto, también se enfrentan a la tentación de corromper al público en vez de mejorarlo, simplemente para pagar sus facturas. Esto ocurre especialmente con las organizaciones que deben financiarse mediante donaciones cotidianas, lo que crea los mismos incentivos que afrontan las empresas dependientes de ventas diarias. Pero no sucede lo mismo con las organizaciones sin ánimo de lucro financiadas por los rendimientos generados por grandes dotaciones patrimoniales.
Por ello, creo que los mejores modelos para nuestras instituciones metapolíticas son las iglesias o universidades que poseen grandes dotaciones financieras. Estas instituciones se dedican a conservar y difundir un cuerpo de conocimientos. Y, gracias a sus grandes dotaciones, no tienen que perseguir el dinero, lo cual elimina el incentivo corruptor de modificar sus mensajes para adaptarlos al estado de ánimo del público.
La finalidad de una iglesia es preservar y defender verdades reveladas y compartirlas con el mundo, independientemente de su popularidad en un momento determinado. Evidentemente, esto sería difícil si, para sobrevivir, las iglesias tuvieran que ganar concursos semanales de popularidad contra iglesias y religiones rivales, así como contra sistemas de creencias seculares y los deportes del fin de semana.
A los estadounidenses no les gusta la idea de una iglesia «establecida», es decir, una iglesia que disfruta de estatus oficial y subsidios gubernamentales. Pero una iglesia así no necesita competir con otras iglesias para llenar sus arcas. Por consiguiente, sería menos probable que pusiera el pie en la pendiente resbaladiza que conduce a las modernas «megaiglesias» estadounidenses, patrocinadoras de conciertos de rock y predicadoras del evangelio de la prosperidad.
La religión es esencialmente distinta de las transacciones de mercado. Una empresa no les dice a sus clientes potenciales: «Eres ignorante; tus deseos están corrompidos; eres culpable. Necesitas mejorar». Por el contrario, una empresa intenta satisfacer las preferencias existentes de sus clientes potenciales. El mejor vendedor halaga a sus clientes. No los amenaza con la condenación.
Si tienes dinero en el bolsillo, una camisa puesta y zapatos en los pies, eres suficientemente bueno para la mayoría de las empresas. No necesitas mejorar tus conocimientos, tu carácter ni tus gustos para convertirte en un buen cliente. De hecho, esas mejoras no harían más que estorbar.
Pero ¿qué ocurre si las personas realmente necesitan mejorar moral y espiritualmente? El primer paso consiste siempre en decírselo, aunque hiera su autoestima. Imaginemos, sin embargo, que la supervivencia de una iglesia dependiera de competir con otras iglesias que predican que los seres humanos son buenos por naturaleza y que, por tanto, uno está bien tal como es. Evidentemente, más personas comprarán este último mensaje en el «mercado de las ideas», aunque refuerce sus vicios, incluido el de la complacencia, y las deje en peor estado.
Al igual que las iglesias, las instituciones educativas se dedican principalmente a preservar y transmitir un cuerpo de conocimientos, así como a mejorar el carácter y los gustos de los estudiantes. Como la religión, la educación parte de la premisa de que el estudiante no es suficientemente bueno tal como es. Es ignorante. Es vulgar. Tiene malos hábitos. De lo contrario, no necesitaría aprender nada.
Así pues, como la religión, la educación es fundamentalmente distinta del mercado. La educación consiste en mejorar los conocimientos, el carácter y las preferencias de un estudiante, no en amoldarse a su nivel existente de ignorancia, vicio y vulgaridad. Por ello, para realizar su labor edificante, los educadores deben estar protegidos de los incentivos del mercado.
Quizá la institución más subversiva de la educación superior moderna sea permitir que los estudiantes evalúen a los profesores. Si el salario y los ascensos de un profesor dependen de las evaluaciones estudiantiles, se crea un incentivo para halagar a los alumnos, rebajar los estándares e inflar las calificaciones, porque los cursos fáciles obtienen mejores evaluaciones que los difíciles. En la práctica, las evaluaciones estudiantiles permiten a los alumnos resistirse a la relación educativa esencial al sustituir la edificación por la complacencia, la adulación y el halago, corrompiendo así tanto la educación superior como a ellos mismos.
¿Cómo puede nuestro movimiento mantener la pureza de su mensaje y sus objetivos ante la presión constante para transigir en busca de popularidad económica y política? Necesitamos crear organizaciones educativas sin ánimo de lucro, dotadas de grandes fondos patrimoniales que protejan a nuestros líderes intelectuales y formadores de opinión de los incentivos económicos que empujan a transigir en cuestiones esenciales de principio. Por supuesto, aunque no podemos transigir respecto al contenido de nuestro mensaje, también debemos fomentar la innovación y el pragmatismo en los medios con los que persuadimos a un número cada vez mayor de los nuestros para que se una a nuestro bando.
Desde el punto de vista nacionalista blanco, el principal problema de las iglesias modernas y de la educación superior no es que prediquen ideas impopulares, sino que predican las ideas impopulares equivocadas, porque estas instituciones han sido capturadas por la izquierda. Así pues, cuando los nacionalistas blancos tengamos finalmente nuestros equivalentes de la Fundación Ford, deberemos tener especial cuidado de no sucumbir a la subversión y la captura institucionales. Aunque, ¿no sería agradable contar con instituciones que mereciera la pena robar?
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