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jueves, 20 de agosto de 2026

LA LENTA MARCHA DE LAS IDEAS

El gradualismo fabiano, la Escuela de Fráncfort y la French Theory vistos desde la tradición


Por Ray Luna

Las revoluciones tienen la cortesía de anunciarse. Levantan barricadas, agitan banderas, derriban estatuas y proclaman solemnemente el comienzo de una nueva era. El hombre prudente puede reconocerlas y, si todavía conserva el valor, enfrentarse a ellas. Mucho más peligrosas son las transformaciones que avanzan con buenos modales, lenguaje administrativo y credenciales universitarias. No incendian las instituciones. Las heredan, las ocupan y les enseñan pacientemente a servir a principios diferentes de aquellos para los que fueron creadas.

El cambio intelectual rara vez conquista una sociedad en una sola jornada. Se introduce en sus escuelas, periódicos, universidades, partidos, tribunales y oficinas públicas. Cambia primero el vocabulario, después las costumbres y finalmente las leyes. Cuando llega el momento de legislar, la revolución esencial ya se ha producido en la imaginación. El decreto final no hace más que registrar una victoria anterior.

Tres episodios ayudan a comprender esta transformación silenciosa del Occidente moderno: el socialismo gradualista de la Sociedad Fabiana, la crítica de la sociedad industrial elaborada por la Escuela de Fráncfort y la recepción estadounidense de pensadores franceses como Michel Foucault, Jacques Derrida y Gilles Deleuze. No constituyeron una sola organización ni obedecieron a un mando común. Con frecuencia discreparon profundamente entre sí. Convertirlos en una conspiración perfectamente coordinada sería conceder a la historia una coherencia que rara vez posee. Sin embargo, observarlos en conjunto revela una verdad que los conservadores suelen olvidar: las ideas adquieren un poder duradero cuando se convierten en instituciones, profesiones, procedimientos y hábitos morales.

I. La apuesta fabiana: transformar sin asaltar

La Sociedad Fabiana fue fundada en Londres el 4 de enero de 1884 como una rama de la Fellowship of the New Life.1 Su nombre evocaba al comandante romano Quinto Fabio Máximo, recordado por contener y desgastar a Aníbal mediante la demora, la paciencia y la evitación de una batalla decisiva. Los fundadores no ocultaban la lección. Frente al entusiasmo revolucionario, eligieron el tiempo. Frente a la insurrección, la infiltración gradual de las ideas en la vida pública. Frente al gesto heroico de una jornada, el trabajo metódico de varias generaciones.

Su símbolo más duradero fue la tortuga, emblema de un progreso lento y deliberado. Una imagen más provocadora, la de un lobo con piel de cordero, apareció en la vidriera conocida como Fabian Window, diseñada por George Bernard Shaw en 1910. En internet se la presenta con frecuencia como el emblema oficial y fundacional de la Sociedad. Las pruebas disponibles sostienen una afirmación más limitada: el lobo formaba parte del vocabulario visual y satírico de Shaw, mientras que la tortuga fue el símbolo público más constante del fabianismo.2

La corrección histórica no disminuye la importancia de la estrategia. El gradualismo fabiano no era un secreto. Fue una doctrina abierta de reforma progresiva. Precisamente por eso merece ser estudiado con más seriedad que cualquier fantasía conspirativa. No necesitaba esconderse porque comprendía algo elemental: una idea puede declarar públicamente sus propósitos y continuar siendo ignorada si avanza bajo la forma respetable de una comisión, un programa académico o una propuesta de bienestar social.

Sidney y Beatrice Webb, Graham Wallas y George Bernard Shaw, todos ellos destacados fabianos, desempeñaron un papel central en la creación de la London School of Economics, que abrió sus puertas en 1895.3 La Sociedad ayudó también a fundar en 1900 el Labour Representation Committee, la organización que posteriormente se convertiría en el Partido Laborista. La Sociedad Fabiana continúa afiliada al laborismo y se presenta como la única organización fundadora original que conserva esa vinculación sin haber alterado su forma institucional.4

Las investigaciones fabianas influyeron asimismo en los debates sobre el gobierno municipal, los seguros sociales, la administración pública y la construcción del Estado del bienestar británico. La Sociedad no necesitaba gobernar directamente cada institución. Le bastaba con formar personas, producir estudios, definir problemas y ofrecer soluciones preparadas a una clase política necesitada de expertos. El funcionario que aplica una política puede no haber leído jamás a los pensadores que hicieron posible su vocabulario. La idea triunfa de manera más completa cuando ya no necesita mencionar el nombre de su autor.

Los fabianos comprendieron que un memorando puede sobrevivir a una manifestación y que un programa educativo puede ser más revolucionario que una barricada. Las multitudes se dispersan. Los procedimientos permanecen. Una comisión introduce un principio en la administración; una universidad forma a quienes habrán de aplicarlo; un partido lo convierte en legislación; la siguiente generación lo recibe como si fuera el orden natural de las cosas.

El conservador puede criticar con razón este método cuando permite que una sucesión de reformas modestas produzca una transformación que ninguna elección autorizó expresamente en su totalidad. Sin embargo, debe reconocer también su propia responsabilidad. Con frecuencia abandona las escuelas, las editoriales, las universidades y los centros de investigación porque considera esas actividades menos nobles que la lucha electoral. Después contempla con asombro cómo sus adversarios gobiernan incluso cuando no ocupan formalmente el gobierno.

II. La Escuela de Fráncfort y la tolerancia que decide a quién tolerar

Una corriente diferente surgió del Instituto de Investigación Social de Fráncfort. Después de la llegada del Nacional Socialismo al poder, el Instituto partió al exilio y se vinculó en 1934 con la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde permaneció hasta 1950.5 Muchos de sus integrantes eran intelectuales judíos o marxistas que huían de una persecución real. Su trabajo sobre la autoridad, el antisemitismo, la propaganda y la sociedad de masas no puede separarse de la catástrofe europea que habían presenciado.

Este hecho obliga a rechazar la caricatura según la cual aquellos investigadores llegaron a Estados Unidos con un plan uniforme destinado a destruir la civilización que les ofrecía refugio. La historia fue más compleja. Su crítica de Occidente nació, en parte, de la experiencia del totalitarismo occidental. Sin embargo, también es cierto que su pensamiento proporcionó instrumentos con los que generaciones posteriores someterían las instituciones liberales a una sospecha permanente.

Herbert Marcuse se convirtió en el integrante de la Escuela más estrechamente asociado con la Nueva Izquierda. En su ensayo de 1965 Repressive Tolerance, conocido en español como Tolerancia represiva, sostuvo que una tolerancia formalmente igualitaria puede preservar una dominación real cuando la riqueza y el control de los medios de comunicación se encuentran distribuidos de manera radicalmente desigual.

Su remedio era deliberadamente inquietante: la “retirada de la tolerancia a los movimientos regresivos”.6 En una posdata publicada en 1968 hizo explícita la asimetría de su propuesta y defendió la restricción de la derecha como medio para modificar el equilibrio existente y fortalecer a los grupos que consideraba oprimidos.7

Marcuse planteó una pregunta que ninguna sociedad liberal puede resolver con facilidad. ¿Puede considerarse libre la expresión cuando un reducido número de actores domina sus canales de difusión? ¿Es neutral la tolerancia cuando quienes poseen más recursos pueden hacer oír su voz con mayor facilidad? El diagnóstico identifica un problema verdadero. Su respuesta, sin embargo, abre la puerta a uno todavía más grave.

Alguien debe decidir qué ideas son regresivas. Alguien debe determinar qué movimientos merecen ser tolerados y cuáles deben ser excluidos. Alguien debe recibir la autoridad necesaria para distinguir la libertad que emancipa de la libertad que oprime. Desde ese momento, la tolerancia deja de ser un principio común y se convierte en un premio distribuido por el poder. La censura puede presentarse entonces como una forma superior de libertad y la exclusión como una condición de la inclusión.

Esta lógica ayuda a interpretar algunas controversias contemporáneas relacionadas con la expulsión de personas de plataformas digitales, la libertad de expresión en el trabajo y la moderación de contenidos, aunque no constituya su causa exclusiva. El parecido resulta especialmente visible cuando se afirma que ciertas voces deben ser silenciadas para que otras puedan expresarse o que determinadas opiniones deben desaparecer para crear un espacio verdaderamente inclusivo.

Sería imprudente atribuir todas las políticas de moderación, los boicots publicitarios, las decisiones empresariales o las regulaciones europeas directamente a un ensayo publicado en 1965. Las instituciones actúan por numerosos motivos, entre ellos la seguridad, la responsabilidad jurídica, el interés comercial, la presión política y la autopreservación burocrática. Marcuse ofrece un antecedente conceptual importante, no una llave maestra capaz de explicar todas las formas actuales de censura o control del discurso.

Su influencia más profunda consiste quizá en haber proporcionado una justificación moral a quienes no se consideran censores. Quien excluye una opinión puede convencerse de que está ampliando la libertad. Quien impide una conferencia puede creer que protege el debate. Quien castiga una disidencia puede imaginar que defiende a los vulnerables. La conciencia humana desea casi siempre considerarse inocente, y ninguna dominación resulta tan segura como aquella que ha aprendido a llamarse virtud.

III. La French Theory cruza el Atlántico

A finales de la década de 1970 y durante los años ochenta, las universidades estadounidenses agruparon a un conjunto heterogéneo de autores franceses bajo la denominación de “French Theory”. La historia intelectual escrita por François Cusset subraya que este conjunto fue, en parte, una construcción estadounidense. Las traducciones, los departamentos de literatura y los conflictos políticos locales modificaron el uso de las obras de Michel Foucault, Jacques Derrida, Gilles Deleuze y otros autores.8

Las caricaturas populares son tentadoras, pero no siempre resultan fiables. Foucault no se limitó a enseñar que la verdad no existe. Investigó las instituciones y los procedimientos mediante los cuales las sociedades autorizan determinadas afirmaciones como verdaderas. Llamó la atención sobre los “regímenes de verdad”, pero rechazó expresamente la reducción de todos los juegos de verdad a simples relaciones de poder encubiertas.9

La deconstrucción de Derrida tampoco significaba que un texto pudiera tener cualquier significado imaginable. Su método examinaba las tensiones, jerarquías y exclusiones que operan dentro de oposiciones conceptuales aparentemente estables. El rizoma de Deleuze no era simplemente una invitación a preferir el caos al orden, sino un modelo de multiplicidad y conexión no jerárquica.

Sin embargo, las ideas no pertenecen para siempre a quienes las concibieron. También pertenecen a quienes las traducen, simplifican, enseñan y aplican. La recepción intelectual está determinada tanto por lo que un concepto permite hacer como por la intención original de su autor. Una herramienta creada para analizar un texto puede terminar convertida en un método para juzgar una civilización entera.

En el contexto estadounidense, la sospecha hacia las afirmaciones universales se transformó en un procedimiento portátil. La concepción foucaultiana del poder productivo influyó en la genealogía del género elaborada por Judith Butler. Butler convirtió la performatividad en un concepto central para buena parte de la teoría feminista posterior.10

Los estudios poscoloniales y la teoría crítica de la raza se alimentaron de varias tradiciones, entre ellas el marxismo, el pensamiento anticolonial, el feminismo, el realismo jurídico y el posestructuralismo. No surgieron de una única fuente francesa. La “interseccionalidad” de Kimberlé Crenshaw, por ejemplo, nació de una crítica concreta acerca de cómo la legislación antidiscriminatoria estadounidense no protegía adecuadamente a las mujeres negras. No fue simplemente el resultado de aplicar las ideas de Foucault a las políticas de identidad.11

Estas correcciones históricas no eliminan el problema planteado por la crítica conservadora. Un método concebido para revelar contingencias ocultas puede convertirse en un reflejo que interpreta toda norma heredada como dominación. El investigador aprende a preguntar quién posee el poder, quién ha sido excluido y qué interés se oculta detrás de una verdad aceptada. Son preguntas legítimas. El peligro aparece cuando ya no sabe formular otras.

Una generación puede volverse extraordinariamente hábil para denunciar y completamente incapaz de admirar. Puede aprender a desmontar conceptos sin saber construirlos. Puede descubrir relaciones de poder en todas partes y perder la capacidad de reconocer la belleza, el sacrificio, la lealtad o la autoridad legítima. La sospecha, convertida en hábito absoluto, termina devorando incluso los principios en cuyo nombre comenzó a sospechar.

Este resultado no se deriva necesariamente de la filosofía francesa ni puede describirse con precisión como un veneno extranjero inoculado en un cuerpo estadounidense inocente. Fue una recepción selectiva e institucionalizada, es decir, una transformación estadounidense de textos franceses. El puritanismo moral, los conflictos raciales, la cultura universitaria y las luchas políticas de Estados Unidos proporcionaron un terreno que alteró aquellas ideas y amplificó algunos de sus usos.

IV. ¿Una marcha común o tres historias diferentes?

Es posible organizar a los fabianos, la Escuela de Fráncfort y la French Theory dentro de una secuencia seductora. Los fabianos aportarían el método institucional; Fráncfort, la crítica política; y Francia, el lenguaje cultural. Como formulación polémica, la secuencia es poderosa. Como interpretación histórica, resulta demasiado perfecta.

Los fabianos creían en las políticas públicas, el conocimiento técnico y un Estado democrático organizado. Los pensadores de Fráncfort desconfiaban con frecuencia de la sociedad administrada y de la cultura de masas. Foucault rechazaba el marxismo ortodoxo y las teorías centralizadas del poder. Deleuze valoraba una multiplicidad difícilmente compatible con la burocracia fabiana. Existieron influencias, coincidencias y recombinaciones posteriores, pero no hubo una sede común ni un destino idéntico.

Lo que une a estas tres corrientes es algo más modesto y, precisamente por eso, más importante. Todas comprendieron que la vida política supera ampliamente las elecciones. Las instituciones forman hábitos. El lenguaje establece las fronteras de lo que una sociedad considera razonable. Las redes profesionales transportan las ideas de una generación a otra.

Cuando una teoría se convierte en un formulario administrativo, un criterio de contratación, una norma editorial, un programa de estudios o una prueba jurídica, ya no necesita ser leída por las personas que la reproducen. Ha descendido desde el mundo de las ideas hasta el de las costumbres. En ese momento alcanza una forma de poder superior al entusiasmo, porque el entusiasmo puede enfriarse mientras que la rutina se reproduce cada mañana.

Este proceso no pertenece exclusivamente a la izquierda. Los conservadores crean centros de estudios, forman juristas, financian revistas, sostienen asociaciones y construyen ecosistemas mediáticos por la misma razón. Todo movimiento que aspira a perdurar intenta convertir sus convicciones en instituciones. La cuestión democrática no consiste en determinar si las ideas deben penetrar en ellas, pues inevitablemente lo hacen, sino en garantizar que su presencia continúe siendo visible, discutible y reversible.

La derecha comete un error cuando imagina que basta con ganar una elección para gobernar una sociedad. Puede controlar temporalmente el ministerio y descubrir que no controla el lenguaje con el que el ministerio interpreta el mundo. Puede nombrar al director de una institución y comprobar que las normas profesionales, los incentivos y la cultura interna limitan cuanto ese director puede hacer. El poder político visible suele llegar tarde a una batalla que ya se ha librado en la educación, la cultura y la administración.

V. Más allá de la sospecha permanente

La advertencia más importante contenida en estas historias no consiste en afirmar que la crítica debe desaparecer. Las instituciones pueden ocultar intereses. Las normas aparentemente neutrales pueden conservar relaciones desiguales de poder. Las tradiciones heredadas pueden contener injusticias y necesitar una reforma prudente.

El problema surge cuando la sospecha se convierte en una visión completa del mundo. La sospecha puede mostrar qué debe corregirse, pero no puede indicarnos por sí sola qué merece ser amado y conservado. La deconstrucción es una herramienta de diagnóstico, no el plano de una civilización. Ninguna sociedad puede vivir indefinidamente de someter a juicio sus propios fundamentos sin reconocer jamás autoridad alguna capaz de pronunciar una sentencia.

Una sociedad libre necesita prácticas dedicadas a la búsqueda de la verdad que reconozcan la existencia del poder sin reducir la verdad al poder. Necesita una tolerancia suficientemente robusta para proteger la disidencia sin disfrazar la supresión partidista con el lenguaje del cuidado. Necesita instituciones capaces de reformarse sin fingir que la administración es políticamente neutral.

También necesita constructores. Necesita personas dispuestas no solo a denunciar los fracasos, sino a crear escuelas, tecnologías, leyes, comunidades y obras de belleza que merezcan ser transmitidas. Una civilización no se conserva mediante la nostalgia. Se conserva cuando cada generación recibe una herencia, comprende su valor, corrige prudentemente sus defectos y la entrega enriquecida a quienes vienen después.

Los fabianos fueron eficaces porque construyeron. La Escuela de Fráncfort perdura porque identificó patologías reales de la modernidad. La French Theory se extendió porque ofrecía instrumentos brillantes para interpretar la cultura y el poder. Sus legados deben ser discutidos y comprendidos, no convertidos en mitos. La respuesta a una larga marcha intelectual no es el pánico ni la censura. Es una historia más rigurosa, un debate abierto y la construcción paciente de instituciones cuyos principios puedan resistir el hecho de ser examinados y nombrados.

VI. Una reflexión para el conservadurismo cubano

La experiencia fabiana ofrece una lección que puede estudiarse desde cualquier corriente conservadora, incluida la cubana, sin necesidad de adoptar el contenido ideológico del fabianismo. Las transformaciones duraderas no dependen únicamente de líderes carismáticos, campañas electorales o momentos de indignación. Exigen formación intelectual, continuidad generacional, investigación rigurosa, producción cultural y creación de instituciones capaces de sobrevivir a sus fundadores. Para una tradición política marcada por el exilio, la fractura histórica y la urgencia de reaccionar ante el autoritarismo, el desafío consiste en convertir la memoria en pensamiento, el pensamiento en educación y la educación en instituciones. No se trata de imitar una estrategia de infiltración ni de sustituir un dogma por otro, sino de comprender que ninguna reconstrucción nacional será estable si no forma maestros, juristas, periodistas, economistas, artistas y servidores públicos capaces de transmitir una concepción coherente de la libertad, la autoridad, la responsabilidad y el bien común. La paciencia institucional no garantiza la verdad de una doctrina, pero la ausencia de instituciones garantiza casi siempre su impotencia.


Notas y bibliografía

  1. Fabian Society, “Our History” [“Nuestra historia”], consultado el 20 de agosto de 2026, Fabian Society.
  2. El motivo del lobo aparece en la Fabian Window, encargada por George Bernard Shaw. Las descripciones actuales lo distinguen del logotipo de la tortuga utilizado por la Sociedad. Véase el registro histórico de la imagen en Wikimedia Commons.
  3. London School of Economics, “Our History” [“Nuestra historia”], London School of Economics; LSE History, “Meet the Four Founders of LSE” [“Los cuatro fundadores de la LSE”], 25 de agosto de 2021, LSE History.
  4. Fabian Society, “Our History”. La Sociedad se describe como la única organización fundadora original del Partido Laborista que continúa afiliada a él sin haber modificado su forma institucional.
  5. Thomas Wheatland, The Frankfurt School in Exile [La Escuela de Fráncfort en el exilio] (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2009); University of Minnesota Press.
  6. Herbert Marcuse, “Repressive Tolerance” [“Tolerancia represiva”] (1965), en Robert Paul Wolff, Barrington Moore Jr. y Herbert Marcuse, A Critique of Pure Tolerance (Boston: Beacon Press, 1965); texto completo en inglés.
  7. Herbert Marcuse, “Postscript 1968”, añadido a “Repressive Tolerance”, sitio oficial dedicado a Herbert Marcuse.
  8. François Cusset, French Theory: How Foucault, Derrida, Deleuze, & Co. Transformed the Intellectual Life of the United States, traducción de Jeff Fort (Minneapolis: University of Minnesota Press, 2008); página de la editorial.
  9. Michel Foucault, “Truth and Power” [“Verdad y poder”], en Colin Gordon, ed., Power/Knowledge: Selected Interviews and Other Writings, 1972–1977 (Nueva York: Pantheon, 1980), pp. 109-133. Una edición de Penguin recoge la aclaración de Foucault de que los juegos de verdad no son simplemente relaciones de poder encubiertas: Penguin Books.
  10. Judith Butler, Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity (Nueva York: Routledge, 1990). Para una explicación de la performatividad y de la influencia de Foucault, véase “Feminist Perspectives on the Body”, Stanford Encyclopedia of Philosophy.
  11. Kimberlé Crenshaw, “Demarginalizing the Intersection of Race and Sex”, University of Chicago Legal Forum, 1989, n.º 1 (1989), pp. 139-167.

Lecturas complementarias: Jacques Derrida, Of Grammatology, traducción de Gayatri Chakravorty Spivak (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1976); Gilles Deleuze y Félix Guattari, A Thousand Plateaus, traducción de Brian Massumi (Minneapolis: University of Minnesota Press, 1987); Martin Jay, The Dialectical Imagination (Berkeley: University of California Press, 1973); Edward R. Pease, The History of the Fabian Society (Londres: A. C. Fifield, 1916).