martes, 12 de mayo de 2026

El intelectual progresista anticastrista

Portada del artículo

Nada se sostiene ya, palpita siquiera, ni brilla salvo en su podredumbre; nada insufla más que un hálito rancio. Todo es una ulcerosa llaga en medio del Caribe, supura fetidez, destila un abatimiento sepulcral; todo es un festín de descomposición y desesperanza. ¿Qué es? ¿Cuba? ¡Error! Es La Habana. ¡Ya sé, ya sé! Toda Cuba se cae a pedazos, sí. Pero lo de La Habana es otra cosa: es el vahído con vocación de espectáculo, una ceremonia funeraria en cámara lenta, la escenografía perfecta para la compasión turística; en fin, una catástrofe con el alma deshecha en menudos pedazos. Verás, hay un grado de destrucción que el comunismo no puede producir por sí mismo.

Hay, definitivamente, otros factores que intervienen y que nunca son tomados en cuenta por quienes se encargan de pensar y analizar el devenir político de esa desdichada isla. Son aspectos que se omiten por temor al ostracismo o dolosamente. ¿Estás listo entrar en este rabbit hole? No sé por qué tengo la impresión de que no te va a gustar, pero da igual. A ver, hagamos un viaje retrofuturista por un par de minutos. Supón que es 1985 y te llamas Marty McFly, conoces al doctor Emmett Brown, se suben a su DeLorean y vuelven al futuro: 1989. De pronto, el roadster aterriza en Moscú. La ciudad se alza ante ambos como un mausoleo de hormigón, excepto en sus cuadros más céntricos: Kitay-górod, el Kremlin y la Plaza Roja. Cadáveres arquitectónicos flanquean sus avenidas. Los bloques de apartamentos, idénticas moles grises, se extienden como un campo de tumbas verticales. Todo profiere desaliento: sus fachadas descarnadas, sus balcones oxidados, sus ventanas decrépitas, todo. El paisaje citadino es más deprimente por su uniforme severidad que por su vetustez. La arquitectura del alto comunismo ruso aplasta hasta el rasgo más mínimo de la identidad zarista, su individualidad. La pompa absurda del estalinismo se yergue ante ustedes amenazante: las sombras de Las Siete Hermanas apresuran sin desidia la oscuridad. Columnas mastodónticas y estrellas rojas por doquier; una pátina grisácea, arrogante, fantasmal reviste el gótico estalinista. Los pasillos despiden un hedor polvoriento, húmedo, burocrático. El Doc decide que es tiempo de regresar arguyendo excusas meteorológicas. Por eso no hay tiempo de ver la grandeza soviética, utópica y hueca, del metro, con sus mármoles resquebrajados, sus mosaicos descoloridos ya sin su gloria proletaria. No hay tiempo de apreciar las lámparas araña que iluminan los pasillos subterráneos, transitados por gente cabizbaja. Suben al DeLorean y sobrevuelan brevemente Zavod Imeni Likhachyova, alcanzan a ver esqueletos metálicos, chimeneas sin humo, testigos mudos, en fin, de un colapso magnánimo. En 1989, Moscú, verás, era un aburridísimo museo que parecía derrumbarse ladrillo a ladrillo. Ahora bien, la diferencia entre la Moscú de 1989 y La Habana de 2025, no es esencial, sino de grado. Una cosa es parecer derrumbarse y otra derrumbarse de veras. El comunismo isleño no es ni más asesino que el ruso, ni más opresivo. Es, sin embargo, muchísimo más deficiente. Para el experimento mental contrafáctico que acabamos de hacer, me he inspirado en el “método de las construcciones imaginarias” de un tal Mises. No obstante, no nos sirve para entender cabalmente qué rayos ha pasado con La Habana. La gente en mi feed de X asegura —con certeza empirista— que La Habana parece Dresde el 15 de febrero de 1945 y que la culpa es del comunismo. Tal vez el comunismo sea el culpable, mas no necesariamente la causa. La causalidad es un vínculo objetivo entre hechos, mientras que la culpabilidad es un juicio moral o jurídico sobre la responsabilidad de un hecho. Algo o alguien puede ser causa sin culpa y viceversa. Tengo para mí que el comunismo es, simplemente, un mal médico (o tal vez un buen matasanos). La verdadera causa de nuestros males es nuestro propio espíritu revolucionario. Infortunadamente, no hay tiempo ni espacio aquí para ahondar en ello. Las imágenes de La Habana que nos llegan son, por decir lo menos, postapocalípticas; mas solamente para quien se empeña en escrudiñar el mundo bajo la lupa de “la ley del desarrollo de la historia humana” marxista. La visión reaccionaria del mundo, en cambio, es opuesta a la visión progresista. Es decir, el progresista piensa que la manera más apropiada de ayudar a la gente “desfavorecida” es aniquilando el influjo de los grupos humanos mayoritariamente privilegiados sobre aquélla. Es una visión externalista y economicista. Para el pensamiento reaccionario, por otra parte, la explicación culturalista de ciertos fenómenos sociales cobra un mayor alcance. En otras palabras, el modo más efectivo de ayudar a la gente “desfavorecida” es maximizando el influjo de los grupos humanos más exitosos sobre los menos exitosos. Para el reaccionario, los hombres somos naturalmente desiguales. La afirmación “all men are created equal” es, por ende, anticientífica, aunque suene muy linda. La Habana fue construida por cierto tipo de hombres, que ya no existen y cuyos descendientes han sido desplazados geográficamente y reemplazados demográficamente. La Habana es la capital de Cuba, sin embargo, no es la única capital en Cuba. ¿Te has preguntado por qué otras capitales, pese al impacto del comunismo, no se encuentran en un estado tan ruinoso? ¿Te has preguntado por qué otras capitales no lucen tan sucias o por qué no son tan inseguras? Por supuesto que sí. Todos vemos ese enorme elefante blanco dentro de la habitación, pero nadie quiere hablar de él. La Habana de 2025 es una ciudad básicamente negra, su biomasa ha cambiado, a juzgar por las imágenes que nos llegan. El último censo se hizo en 2012 y ha llovido mucho desde entonces. Claro está, para muchos cubanos de hoy, educados bajo el igualitarismo más extremo, este hecho no merece la más mínima atención. Pero hay quienes hablan de una haitianizacion de La Habana: una ciudad que históricamente había sido habitada en su mayoría por eurodescendientes se ha visto, en cuestión de una década, despojada en casi su totalidad de sus moradores naturales. No obstante, la comparación con Haití me parece exagerada, porque Haití nunca ha sido un país medianamente próspero. Al menos, no desde que decidieron acometer su genocidio blanco. El caso cubano se parece más al de Rodesia o Sudáfrica, países que gozaron de una prosperidad sin par en la región. Asimismo, para muchos cubanos de ahora, el régimen del Apartheid simboliza una etapa oscura del colonialismo europeo en África. Esta noción se debe, sobre todo, al influjo de la propaganda comunista y la propia participación del régimen cubano en la guerra de Angola (y su colaboración con los movimientos africanos de “liberación” en general). Inclusive, nuestros “intelectuales” aún hoy continúan perpetuando esta errónea concepción del régimen del Apartheid. Tal es el caso de César Reynel Aguilera, un académico cubano, descendiente de dirigentes comunistas y radicado en Canadá. En su texo “Hyper chupamedias en Hypermedia” nos dice: … es tan absurdo, e infantil, como decir que los luchadores contra el Apartheid discriminaban a los “pobres” blancos sudafricanos que defendían esa barbaridad.

Las cursivas son mías. Para Aguilera, el típico intelectual anticastrista-progresista y, por ende, antirracista boasiano, el colonialismo occidental en África es sinónimo de depredación, destrucción y genocidio horríficos. Son de la misma opinión intelectuales de la talla de Rafael Rojas y Pablo Díaz Espí. Con todo, esta concepción es históricamente inexacta. Veamos, el proyecto eugenésico revolucionario tendrá a largo plazo consecuencias inesperadas; que dificultarán el futuro de Cuba, sin duda. A pesar de la inexistencia de datos verificables, puede decirse que, a juzgar por el censo de 1919, en Cuba ha tenido lugar un fenómeno que en los Estados Unidos se conoce como White Fly (Vuelo Blanco, en español; pero si has visto el video de la abuelita cubana de Miami, lo entenderás mejor) desde el propio inicio de la conflagración revolucionaria comunista. Esto es, hace apenas ciento cinco años atrás, Cuba era un país mayoritariamente eurodescendiente y, como es lógico, cada uno de los aspectos de su cultura eran europeos pese a la convivencia con otras minorías étnicas. En términos de organización social y composición genética Cuba, después de Uruguay, es el país más europeo de Hispanoamérica. Aunque, en apenas un siglo su composición demográfica ha sido distorsionada; primero por los cambios en las leyes migratorias que tuvieron lugar durante la primera mitad del XX y, segundo, por el programa eugenésico revolucionario que despojó y exilió a las elites eurodescendientes que llevaron las riendas del país hasta entonces. Además, la revolución cubana promovió el aborto, el igualitarismo y la intensificación artificial del mestizaje (o comportamiento disgénico). Estas últimas dos doctrinas ya venían propagandizándose durante el periodo republicano a través de la literatura, la radio, el cine y la televisión. Las radionovelas de Felix B, Caignet son un ejemplo de ello. La revolución nomás aceleró este proceso doctrinario. Como en la televisión estadounidense y europea actual, en la Cuba revolucionaria los seriales suelen tener héroes negros o mestizos y los eurodescendientes siempre desempeñan roles de villano (colonizador, esclavista y contrarrevolucionarios o criminal común), como es el caso de una de las producciones más pomposas de la década de 1980: Sol de batey. El cine representa siempre heroínas negras y parejas interraciales en la pantalla, tales son los casos de Cecilia Valdés y Se permuta, por poner tan sólo un par de ejemplos. Escucha, lector, no confíes en mí, aún puedes escapar. Aun puedes librarte del tremendo peso de saber estas cosas tan desagradables. Estás a punto de emprender un viaje sin retorno. Es el momento de elegir qué píldora quieres, Neo. ¿Continúo? Bien, permíteme ahora explicarte por qué el caso de Cuba es mucho más similar al sudafricano y por qué intelectuales cubanos como Aguilera hacen mal en echar mano de clichés ideológicos mal encabados, como comparar la tiranía comunista del PCC con el régimen del apartheid en Sudáfrica. Ni al caso, pues, Mandela no solamente utilizó el mismo método que los comunistas usaron para capturar el poder (el terrorismo), sino que, además, contó siempre con el apoyo del comunismo internacional (incluido, su buen amigo Fidel Castro).

Mandela y Castro
Mandela y Castro

Nuestros intelectuales nos aseguran que, con un simple, o no tan simple, cambio de régimen todos los problemas cubanos se solucionarían en un lapso más o menos breve. Todo lo que necesitamos es democracia y liberalización de las fuerzas materiales. “Libertad política y libertad económica”, es todo lo que Cuba requiere para levantarse de entre los escombros del comunismo, repiten ad nauseam. Tal vez sea cierto que el abandono de la ortodoxia marxistaleninista por parte del estado tendría un efecto notablemente positivo en la realidad cubana, pero no lo es que éste sea el único ni el más importante de los pasos que, como nación, debemos dar. El problema consiste en que, al defender puntos de vista progresistas, nuestros intelectuales confunden país con nación; porque no pueden o no quieren hablar de biopolítica. El último que tuvo el coraje de hacerlo pagó un alto precio. El nacionalismo es un tema tabú entre los intelectuales cubanos, desde siempre. Sin embargo, los problemas de Cuba deben pasarse por la criba del nacionalismo, la sola corriente ideológica capaz de oponerse la embestida internacionalista y globalista. Sabe, lector, que la educación progresista que recibiste y que probablemente están recibiendo tus hijos en este propio momento, en cualquier parte de Occidente que se encuentren, tiende a identificar engañosamente los términos nación y país. Pero un país no es una nación. Un país es un territorio geográfico; en el caso de Cuba: una masa de tierra que halla sus límites en el mar. Nación, por otra parte, quiere decir pueblo. Específicamente, un grupo étnico. Esta es la razón por la que muchos autores al hablar de la cuestión judía hablaban de nación judía mucho antes de que el estado de Israel fuera establecido como se aprecia en la Declaración de Balfour. Por eso cuando hablamos de nación, básicamente, hablamos de un tipo especifico de gente, de una etnia, una raza determinada. Por eso hablar de nacionalismo es lo mismo que hablar de racialismo o, incluso, racismo. Y no hay nada que asuste más al intelectual progresista (anticastrista o no). Precisamente, porque el nacionalismo es la consideración o promoción de un determinado grupo étnico, casi siempre nativo o dominante en una determinada región. Así, pues, cuando alguien dice “soy nacionalista”, lo que en realidad está diciendo es “soy racista”. Es decir, ser nacionalista es reconocer que uno pertenece a un grupo étnico especifico y cree que proteger ese grupo es importante. Ahora bien, para entender por qué razón el nacionalismo se ha, de a poco, ido convirtiendo en una de las corrientes ideológicas más populares en Occidente hoy, debemos igualmente entender el nacionalismo como contrario a la visión del mundo que el progresismo llama internacionalismo (subtitulada hoy también como multiculturalismo). Esta visión del mundo a veces marcha bajo el estandarte de la igualdad. Con todo, internacionalismo significa interracialismo o la mezcla racial de los diferentes grupos étnicos, generalmente bajo algún tipo de coerción. El internacionalismo ha sido la ideología prevalente en el mundo occidental; ha “hipnotizado” a sus intelectuales y sus élites por lo menos durante las últimas dos generaciones. No obstante, los críticos de esta cosmovisión se han hecho muy populares en los años recientes, puesto que han sabido exponer sus correlatos: terrorismo, auge del crimen, crisis de vivienda, etc. Problemas todos creados por las políticas de estado supranacionales implementadas, sobre todo, en Europa. Hay, incluso, quienes piensan que la agenda internacionalista de los estados europeos no es más que un deliberado esfuerzo genocida contra esas naciones. El nacionalismo es crucial por varias razones, pero sobre todo porque la raza no es solamente un color de piel, que es justo lo que los progresistas quieren que creamos. La verdad, muy por el contrario, es que nuestra inteligencia, creatividad, ética y carácter son, en efecto, rasgos epigenéticos heredados de nuestros ancestros. La raza no influye exclusivamente en nuestra apariencia física, sino también en nuestra conducta, motivo por el cual nos resulta mucho más fácil relacionarnos con gente de nuestro propio grupo étnico. En este sentido, el internacionalismo rechaza los hallazgos de la ciencia y pretende obligarnos a aceptar la igualdad humana por medio del desgaste y la propaganda. ¿Te has preguntado por qué el internacionalismo necesita tanta propaganda? Sencillo, porque, naturalmente, nacemos siendo nacionalistas. En otras palabras, ¿Por qué necesitan sacarnos a golpes nuestra tendencia innata a reconocer la raza y su significado para lograr que el internacionalismo medre? Con todo, para el nacionalista la vida social y política no es muy complicada, él observa este asunto a través de una lente cristalina. El nacionalista simplemente se pregunta: “¿Es esto bueno para mi gente?” No hay nada inherentemente malo acerca del nacionalismo, sucede que desafía la concepción institucional de estos temas de un modo fundamental, nada más. Por eso es, inclusive, ilegal en algunos países ser nacionalista, justo porque las elites a cargo del Occidente moderno ya no encuentran argumentos válidos contra el nacionalismo. Así que se limitan a asociarlo con violencia con el fin de justificar su censura y las acciones legales en su contra. Perdón por la digresión, pero era crucial hacer estas aclaraciones de antemano. Bien, volvamos ahora a Sudáfrica y comparemos su estado actual con los tiempos del apartheid. Quizá así podamos escudriñar un poco a qué nos enfrentaremos los cubanos en unos años. Tengo para mí que, de todos los países occidentales envueltos en el abominable ciclo del multiculturalismo posmoderno, Sudáfrica fue el primero en caer. Aquella promesa de armonía muy pronto degeneró en violencia, corrupción y miseria. Y esas mismas fuerzas que ayer transformaron Sudáfrica intentan demoler el resto de Occidente hoy, ahora. En 1994, cuando era apenas un adolescente, los cubanos vimos en la televisión fragmentos escogidos de la transferencia del poder de la minoría blanca a la mayoría negra. Castro daba brincos de alegría. En todo Occidente se celebró este triunfo moral, se habló de armonía racial y prosperidad, entre otras muchas cosas. Por desgracia, muy pocos fueron capaces de prever el desastre que se avecinaba. La Sudáfrica del 2025 no nada más es un país colapsado económicamente, sino que se acomete allí una violencia desenfrenada contra la población blanca. En 1994, tenía la raza por una “distinción arbitraria” entre los seres humanos. Pero, hurgando en el librito de José María de Maistre, encontré la siguiente frase: Ahora, no existe tal cosa como ‛el hombre’ en este mundo. En mi vida he visto franceses, italianos, rusos, etc. Incluso sé, gracias a Montesquieu, que se puede ser persa. Pero en cuanto al hombre, declaro que nunca lo he conocido.



Este ensayo continúa en la edición para lectores.

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