martes, 5 de mayo de 2026

Democracia, ciencia y raza en Cuba

 

Por Ray Luna

Nos proponemos ahora ahondar en la estrecha relación que sostienen la religión democrática que profesa el anticastrismo con su concepción de la ciencia y la existencia real de las razas. Esto es, nos proponemos explicar el origen de estos artículos de fe aceptados por el comunismo castrista y el progresismo socialista anticastrista quienes, en la mayoría de los casos, ignoran la génesis de dichas ideas, limitándose simplemente a repetirlas reproduciendo el error ad infinitum.

Antes de continuar, debemos aclarar ciertos detalles tocantes a la terminología que aquí usaremos para referirnos a las principales corrientes político-ideológicas que operan en la Cuba de hoy. Las diferencias entre estas corrientes son, valga la redundancia, operacionales. El castrismo primitivo o estalinista (representado por las figuras de Raúl Castro, su hijo Alejandro y Díaz-Canel) y el anticastrismo multigeneracional, son ambos movimientos progresistas guiados por un fuerte sentimiento igualitarista. El anticastrismo se divide a su vez en “el exilio” o el lado menos igualitario y el novocastrismo, un desmembramiento del castrismo primitivo que antes solía llamarse Nueva Izquierda Cubana. Muchos de los militantes del novocastrismo son en realidad agentes activos de la Seguridad del Estado llevando a cabo la vieja práctica castrista del entrismo en “el exilio” cubano en Miami y la diáspora. En resumen, puede decirse que no existe en Cuba ninguna corriente ideológica que no esté informada por nuestra larga tradición igualitarista y socialista. Lamentamos la digresión, pero era necesario tomar estas precauciones.

Desde la Antigüedad, la democracia fue reconocida como una de las fases del ciclo político, decadente por naturaleza, que sirven de antesala a la tiranía (o gobierno sin ley). Los cubanos de hoy, y el mundo occidental en general, tienden a identificar democracia con un mayor grado de libertad individual. O sea que, esta concepción clásica de la democracia como un sistema de organización social que inevitablemente degenera en tiranía les es totalmente ajena. Por supuesto, esta tendencia es global y, por lo general, esta ideología jamás se detiene para autocriticarse y, además, reprime todo pensamiento contrario a ella. La democracia, como veremos a lo largo de este ensayo, no se sostiene sobre una tesis científica, ni siquiera como una aspiración popular y espontánea, sino más bien como un credo cristiano protestante no teísta. La tradición democrática moderna está íntimamente atada a otras etiquetas que pueden funcionar más o menos como sus sinónimos: humanismo, liberalismo, progresismo, izquierdismo, socialismo, multiculturalismo, etc. La democracia moderna es un dogma que tiene su origen en el protestantismo, rama del cristianismo bajo la que se formaron pensadores laicos como Jean-Jaques Rousseau, utilitaristas de la talla de Jeremy Bentham, el positivista Auguste Comte, el idealista Kant, el socialista científico Karl Marx, el comunista Lenin, el existencialismo de izquierdas de Heidegger y Sartre… la evolución de esta lista es muy compleja como para exponerla aquí. Baste decir que, la democracia y el estado modernos tienen apenas unos 200 y tantos años. Parece no ser un subproducto de la Reforma, sino la Reforma misma.

Ahora bien, de nada sirve denunciar el hecho de que el anticastrismo ha asimilado esta ideología mamándola de las tetas del Departamento de Estado cuando, las ideas progresistas corrían ya por las venas de todos y cada uno de nuestros proceres. La República no fue mucho menos igualitaria que la Revolución, al menos no después del derrocamiento de Machado por grupos terroristas comunistas. Lo que pretendemos es poner en tela de juicio cuán ajena a nosotros, los habitantes de la isla de Cuba, antigua Capitanía General del Imperio español, es esta ideología.

Ni el anticastrismo, ni el cubano en general, como tampoco el ciudadano promedio de Occidente, alcanza a comprender que la democracia y la expansión totalitaria e implacable del estado van de la mano. La democracia no es más que un comunismo blando en tanto que no únicamente promueve, sino que pone en práctica la espuria doctrina de los “derechos humanos”. Es decir, la doctrina política que reclama la expropiación de recursos económicos ajenos respaldada por la coerción burocrática. No obstante, dos de los rasgos más destructivos de la democracia son la politización del dinero y la degradación de la ciencia bajo el control del estado en pro de la expansión por todo el globo de este dogma pretendidamente universal. ¿Qué otra cosa fue a hacer al Teatro Nacional de La Habana Barak Obama, si no a predicar esta teología planetaria?

Para el anticastrista, como para el resto de los ciudadanos de occidente, la democracia suele asociarse con el progreso material. Es por eso por lo que tantos militantes anticastristas añoran la vuelta a la república. Esta asociación empírica informa de manera fundamental la mentalidad progresista del cubano anticastrista. Su nula formación filosófica ―más bien epistemológica― les impide percatarse de la complejidad del asunto. Asumir que la democracia NO trae consigo progreso material hoy resulta controversial. Trataremos de explicar esta asunción con tanta claridad como sea posible: Pongamos por caso el movimiento constitucionalista anticastrista cubano, dentro del cual caben desde los pioneros del Movimiento Cristiano Liberación hasta el berreo virtual del Movimiento C-40; estos activistas aspiran a la restauración del sistema constitucionalista de la república democrática de la primera mitad del siglo XX. Según se cree, una modificación de la constitución actual o, inclusive, la readopción por parte del estado de la constitución de 1940 traerá consigo la puesta en vigor de una serie de leyes que protegerían al ciudadano contra las infracciones que a menudo comete el estado. Es decir, se cree que esta medida traerá consigo la implantación de un sistema judicial más justo, la ratificación de la propiedad privada, el carácter contractualista y libre del mercado interno, etc. Todo esto hace que sea muy difícil para ellos recordar aquella antiquísima concepción clásica de la democracia como un sistema que necesariamente genera en tiranía. No pueden comprender que la Revolución cubana fue la aceleración de un proceso que ya estaba en marcha desde hacía tiempo. No es muy difícil intuir por qué el anticastrismo, en cualquiera de sus variantes, no logra observar relación alguna entre la Revolución y el mastodóntico, burocrático y caníbal estado que la precedió. El anticastrismo permanece incapaz de apreciar un hecho tan simple: el tamaño y el alcance del estado, durante la república, permaneció constreñido por la constitución de 1902 justo hasta el propio momento en que se comenzó a hacerle enmiendas y adiciones culminando por descartarla completamente. Basta leer al azar cualquier artículo de la C-40 para darse cuenta de que no es compatible con la libertad individual como esta se concibió durante la llamada “república mambisa”. Aquella república fue calcada de la estadounidense y diseñada por los estadounidenses, es por esa razón que contó también con todas las instituciones que, supuestamente, la dotaban de lo que se conoce vulgarmente como “balance de poderes”. Muy pronto este prodigio de ingeniería social entró en crisis por la sencilla razón de que, lo que se construyó para gobernar al gobierno dio de sí y, como siempre sucede, gobierno terminó por gobernar a la gente. No obstante, es cierto que muchas tendencias fueron positivas a principios del siglo XX en Cuba, pero ello, como veremos a continuación, no significa que fuera el sistema de organización social quien desencadenara dichas tendencias. Sin embargo, esto tampoco quiere decir que los anticastristas estén empírica o moralmente equivocados al pensar que la restauración de la república acabará con la pobreza, la crisis alimentaria y de salud, y la tiranía imperante en la isla. Y no están equivocados del todo porque las tendencias recientes en esas áreas en países democráticos son positivas. Aunque, pensar que la configuración democrática de las sociedades modernas trajo consigo el progreso científico-tecnológico, económico, social y político es erróneo. La verdad es muy otra.



Este ensayo continúa en la edición para lectores.

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