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lunes, 6 de abril de 2026

PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DE GERARDO MACHADO MORALES (doctorado Honoris Causa)

Revista Times

Señor rector de la Universidad, señor decano de la Facultad de Derecho, ilustre claustro, señoras y señores:

Al contestar el sentido discurso de bienvenida del ilustre decano de la Facultad de Derecho, importa que puntualice la significación que para mí tiene este acto. Que nadie piense que en mí despierta sentimientos vanidosos. Bien sé yo que al nombrarme la Universidad Doctor Honoris Causa no recompensa un talento privilegiado ni una erudición excepcional. Tampoco tendría esta investidura la grandeza que para mí reviste, si no fuera otra cosa que el premio que me otorgaran los profesores por haber terciado en su debate con los estudiantes, poniendo las cosas en su lugar.

No, señores. Lo que hace la Universidad ahora es pagar una antigua deuda de gratitud que, sin duda por las circunstancias, ha permanecido en descubierto. El acto de hoy es el noble gesto de la intelectualidad cubana abriendo los brazos a los hombres de acción que todo lo sacrificaron por Cuba. Me toca, sin duda, ser el hombre en quien se materializa el homenaje, pero no me lo apropio, sino que lo comparto con los gloriosos antecesores para los cuales el destino no tuvo halagos: Céspedes, Ignacio Agramonte, Martí, Antonio Maceo...

Pensad un instante, señores, en la grandeza que el acto alcanzaría si el honrado fuera el Padre de la Patria o el Bayardo camagüeyano. Pensad en lo que nuestros ojos verían si Martí, desde este sitio, contestara el discurso del doctor Cueto. Imaginad cómo el alma toda del pueblo, con empuje de avalancha y clamoreo de apoteosis, hubiera entrado en esta casa en pos de Maceo, si el caudillo, sentándose en vuestro claustro, viniera a terminar aquí la maravillosa ascensión que arrancó de aquella vega de Majaguabo, donde el sol calentara la frente del joven campesino, en espera de alumbrar después sus días de victoria y la tarde triste de su estrepitosa caída.

¿Qué valen mis modestos servicios comparados con la obra de esos hombres extraordinarios? ¿Cómo extrañarse, pues, que yo estime que lo que hacéis ahora no es otra cosa que rendir, en mi persona, cumplido homenaje al patriotismo de los fundadores de nuestra nacionalidad?

Y ya en este orden de ideas no pasaré por alto el detalle de que el claustro eligiera para recibirme la voz autorizada del doctor José Antolín del Cueto, poniendo asi en contraste –casualmente– a un prohombre de la autonomía con un soldado de la revolución. Esto evoca preocupaciones y sentimientos de nuestra juventud. ¡Cómo lamenté la juventud en armas –que en el quinquenio del 86 al 91 había tenido por ídolos a los grandes oradores del Partido Autonomista– que el triunfo de la causa cubana sorprendiera del otro lado de la barricada a los que en un tiempo fueron la encarnación de la elocuencia y el civismo! Cuando se publiquen los papeles del gran tribuno que se llamó Eliseo Giberga, se conocerá los esfuerzos que la revolución realizó desde el gobierno mismo y desde la emigración, por medio de los insignes patriotas Severo Pina y Raimundo Cabrera, para que Giberga –quemando las naves– se declarara francamente por la independencia. Cierto que la revolución cubana no necesitaba de Giberga, ni de Fernández de Castro, ni de ningún otro, para triunfar con orgullo o sucumbir con honor. Pero sí deberían ser necesarios al final de la guerra; no solo para ayudarnos con su cultura y su experiencia, sino para algo más fundamental: para que a los ojos del español vencido y el norteamericano triunfante –que coincidían en dudar de nuestra capacidad para el gobierno propio– presentaran los cubanos un frente único, y así, con una sola conciencia, acometieran la obra de renovación total, que solo podía compensar los sacrificios que la independencia costó a nuestro pueblo. Lástima fue que, por efecto de las circunstancias, al expirar la dominación colonial, buena parte de la intelectualidad cubana permaneciera al lado del cadáver. Funesto fue asimismo, que los libertadores no formáramos entonces un bloque que asumiera sin reparos la gobernación del país y ejerciera la dictadura del patriotismo contando con el auxilio de todos los cubanos de valer. Por motivos que hoy parecen muy pequeños, nos dividimos en bandos que infectaron la nueva vida nacional con los enconos partidaristas del tiempo anterior. El personalismo predominó empujando a segunda fila el culto de los ideales y el cumplimiento de las promesas de regeneración. El libelo floreció en la tierra redimida y los hermanos de armas se destrozaron como fieras. Lugares hubo en que la discordia tiñó sus manos en sangre. Diose el caso inaudito de que el primer presidente de nuestra República, sacara su investidura de aquellas urnas en las que faltó el voto del adversario. Los abusos del poder provocaron las iras de la rebelión convertida en escudo del decoro y la justicia, y apeló como remedio supremo a aquella Enmienda Platt que, en día no lejano, pareciera indecoroso suscribir. Y así, de error en error, hemos perdido veinte años dejando sin solución adecuada los problemas más vitales de la economía nacional...

Señores: ¿no será ya tiempo de que para poner remedio a los males que nos afligen apele yo al esfuerzo de todos los cubanos?

Nadie ignora la gravedad de nuestra situación económica. No quiere decir ni con mucho que sea desesperada. Cuba, como cualquier otro país, tiene que pasar y pasa por las alternativas de la prosperidad y la pobreza. Los males que padecemos no son tan graves como los que sufrieron y actualmente sufren los más grandes pueblos del mundo. Nuestra crisis no admite comparación con la que atravesó Alemania después de la guerra, con la que en este momento atraviesa Inglaterra. Es la reaparición del viejo fantasma del aprieto económico, consecuencia de la baja del azúcar, que ya nos ha visitado muchas veces, singularmente alrededor del año 84 y en 1890 cuando el famoso Bill MacKinley.

Pero entonces los factores económicos del país, los productores, comerciantes y profesionales, en estrecho consorcio con los proletarios, daban la cara al problema y al exigir la intervención del Gobierno comenzaban por ilustrarlo, presentándole fórmulas y procedimientos concretos, producto del estudio consciente de los problemas en debate. Da gusto leer los informes de las corporaciones que en una y otra crisis llevaron la dirección del movimiento económico. Entonces se comprendía, y por todos se aceptaba, que para tratar esos asuntos no podía prescindirse de una previa y especial preparación. No se soportaba la censura estéril que jamás consigue sustituir con una determinada solución aquella que se critica y reprueba en nombre del interés público. Predominaba, por el contrario, el afán de evidenciar que los voceros de cada grupo de intereses sabían más de sus propias cosas que las autoridades expertas. Así, tras una campaña memorable que nadie borrará de la historia de Cuba, logró nuestro pueblo arrancar al Gobierno de Madrid, la firma del Convenio con los Estados Unidos, que aseguró precio a nuestro azúcar y, por la rebaja del arancel, derramó por el país los beneficios de la vida barata.

Aquel ejemplo no debemos olvidarlo.

Señores: la época en que vine al poder me ha permitido aprovechar la experiencia de un cuarto de siglo de nuestra vida pública, así como las enseñanzas de la guerra mundial y las no menos interesantes de la situación por ella creada. Entre las muchas cosas cuyo derrumbe contemplamos, figuran algunos convencionalismos que en un tiempo se recomendaban como panacea de los conflictos políticos y sociales. Se ha perdido la fe en los programas de los partidos y en las promesas de sus jefes y hoy solo se estiman los resultados. En la escala de valores revisada durante el último decenio, el orden ha quedado muy por encima de la libertad, y en el equilibrio de autoridades que durante un siglo mantuvo la regla de la separación de los poderes, todo el mundo está conforme en darle ventaja al ejecutivo.

Es que la guerra, con sus terribles males y peligros, impuso a millones de hombres la necesidad del mando, y así restauró los prestigios de la autoridad. Listos los tratados y desvanecida en breve la ilusión de la paz, vieron los pueblos que sus males cambiaban sin desaparecer y que los peligros que los amenazaron se renovaban sin extinguirse. De ahí que, sintiendo la nostalgia del jefe, vivan ansiosos de dirección y de gobierno fuerte. Así se explica la conquista del poder por Mussolini en Italia, por Primo de Rivera en España y en Alemania por el mariscal Hindemburg. El pueblo no acepta ya que el Parlamento siga siendo la arena donde los políticos se disputan el goce del poder, excitados por la música de la elocuencia. El pueblo reclama de sus representantes que en el Parlamento hagan labor útil, que no se ocupen de satisfacer las exigencias de orden práctico y las de aquel otro orden superior de la grandeza nacional. No soporta las Cámaras que, cerrando los ojos a la realidad, prolongan su pugilato con el ejecutivo, labor estéril que tan de moda estuvo en los años anteriores a la guerra.

De todo eso resulta que, acosada por las necesidades del presente, la voluntad nacional le brinda al jefe del Estado poderes sin límites. No le importa al pueblo que su ejercicio se llame dictadura. Lo que pide es que se emplee en protegerlo eficazmente en la lucha por la existencia: que el poder persiga y realice la doble finalidad del fomento de los intereses materiales y el resguardo de los intereses morales.

Tal labor será para el gobernante abrumadora si no se siente apoyado por un pueblo que sepa cuáles son sus verdaderas necesidades y, con unanimidad, aprecie sus aspiraciones colectivas. De la compenetración de la conciencia del pueblo con la voluntad del gobernante, de la solidaridad que mantengan, depende el éxito de la obra de gobierno, que hoy día no es el fruto de lo que el presidente personalmente concibe, sino que es más bien la resultante de un complejo de necesidades, de aspiraciones, de ansias, que brota de las entrañas del mismo pueblo: de ese pueblo integrado por todas las clases sociales, que necesita comer, que quiere trabajar, que aspira a ilustrarse y mejorar de condición económica, que ansía ponerse en el rango de los más nobles de la tierra, y, a la vez, reclama que se mantenga intacto el tesoro espiritual formado por el patriotismo de los de hoy y los de ayer: la dignidad de Cuba enfrente de propios y extraños.

Señores: con satisfacción declaro que las Cámaras me han auxiliado eficazmente en mi obra de Gobierno. No es menos valioso el apoyo que me prestan el ejército, la magistratura y los varios órdenes de funcionarios públicos. Pero, eso, no obstante, el Gobierno no lo puede todo. Cumple con mantener el orden y asegurar el respeto de la libertad del pensamiento y la libertad del trabajo, atributos preciosos de la ciudadanía sin los cuales no hay estudio profundo ni labor provechosa. Pero la especial meditación de los problemas económicos y sociales, tiene que ser obra de la iniciativa y el esfuerzo de los ciudadanos, agrupados según sus necesidades en corporaciones o sindicatos bajo la doble ley de la disciplina y la solidaridad, las únicas que logran conciliar la defensa de los encontrados intereses, con las supremas necesidades del bien público.

Las Cámaras de Comercio, los bloques de colonos y agricultores, los sindicatos obreros, las asociaciones de cualquier clase que sean, guiadas por su interés, deben consagrarse con ahínco al estudio de los problemas que las afectan, en especial los económicos y financieros que son los más apremiantes, para que cuando lleguen hasta el jefe del Estado no sea para pedirle que improvise paliativos de emergencia, sino para brindarle soluciones viables; para obtener del poder que preste su autoridad a los dictados técnicos de la competencia profesional.

Señores, oíd bien lo que voy a decir.

Desde este lugar que la serenidad de los profesores y la cordura de los estudiantes han cerrado para siempre a la pasión malsana; desde este seminario de ciudadanos que, mediante el armónico cultivo del emprendimiento y la conciencia, prepara los gobernantes del mañana; desde aquí, proclamo yo la necesidad de que se movilicen todas las fuerzas vivas del país, bajo el control de los más capaces, para que mi gobierno cuente con el concurso de todos los técnicos, de cuantos por su saber o su experiencia puedan ayudarlo con sus consejos.

Demando, señores, el auxilio de todos para acometer un empeño que debe constituir la primera de nuestras preocupaciones: impedir que Cuba, apenas redimida de la servidumbre política, caiga en la miseria del vasallaje económico. No hay para qué encomiar la trascendencia del asunto.

Y ahora acabo despidiéndome de vosotros. Gracias os doy a todos por igual en nombre del soldado de la independencia que en mi persona habéis enaltecido.

Salgo de aquí con la esperanza de que la Universidad será la primera que responda a mi llamamiento, apresurándose a trabajar porque se modernice su plan de estudios para que la enseñanza profesional satisfaga las necesidades actuales que no son, por cierto, las de hace veinte años, que no son siquiera las dominantes cuando estalló la guerra mundial. Cada época tiene sus apremios y requiere especiales medidas.

Le pido a los estudiantes –a los estudiantes todos que miro como hijos– que trabajen persuadidos de que solo por el estudio con amor, y la disciplina más estricta, llegarán a la cumbre donde brillan los grandes profesionales de nuestro país que ellos admiran y esperan reemplazar.

Y a vosotros, profesores meritísimos, a vosotros amigos míos, recomiendo que no perdáis de vista que los jóvenes de hoy no son idénticos a los de nuestro tiempo: no entienden de igual modo el deber de obediencia; pero que nuestra juventud robusta, adiestrada en los ejercicios físicos, amante de la realidad, reacia a la melancolía, ambiciosa, pero no quimérica, cuidadosa de su propio interés, esa juventud nacida a la sombra de nuestra bandera, no le vuelve la espalda al culto del ideal, ni, llegado el caso, le negaría su concurso a las causas nobles y generosas.

Creo que en vez de alarmarnos por la exuberancia de sus arranques, conviene captarla para que se convierta en fuerza aprovechable para la vida. El intelectual que en lo adelante salga de vuestras manos, profesores, ha de ser también hombre de acción; que mantenga en equilibrio la firmeza del carácter y la energía espiritual, para evitar que la mente se convierta en esclava de fórmulas, que en el libro figurarán como dogmas, pero que al contacto con la realidad, resultan a veces inaplicables o infecundas. No dejéis que el entendimiento cultivado en demasía ahogue las iniciativas de la voluntad. Dadle a la patria hombres preparados para todas las eventualidades; que sepan brillar como técnicos en las faenas de la paz, pero que, si fuere preciso, defiendan con entereza sus derechos de ciudadano y su posición social.

Como prenda de la reconciliación que tuve el honor de lograr, mantened en este recinto la unión sagrada, que, para lo grande, confunde en una sola todas las voluntades. Cuidad de que siempre esté al servicio de la dignidad cubana; visión radiante de nuestros héroes cuando con firmeza marchaban a la muerte. De ello dependerá el esplendor de la vida universitaria. Y tan seguro estoy yo de que manteniéndola alcanzará vuestra obra su máxima eficiencia, que aquí mismo confesaré mi fe, con este grito que me sale del alma: ¡Profesores y estudiantes de la Universidad Nacional: el porvenir de Cuba está en vuestras manos!

Tomado de: Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, vols. 1-2, n.o 36, La Habana, enero-junio, 1926, pp. 114-121.