Por Escodia del Orio
No voy a negar que me causa una grandísima curiosidad el hecho de que a pesar de todo, mis compatriotas dilapiden la luz del día hablando mal de otros pueblos; porque como que se consideran superiores. En verdad, con líderes como los que tenemos y tememos, los cubanos de ahora no podemos más que ser haraganes, timadores, rencorosos y orgullosos más allá de cualquier límite. Y como sé que somos incapaces de aceptar el más mínimo reproche —por salvajismo más que nada—, para inducirnos a reconocer esta tara, sólo tienen que hablarnos mal de otro país. Al instante, cayendo en la trampa, reaccionamos con “No, en Cuba bla bla bla”.
El cubano de ahora, si no gana, empata.
Bien mirado el asunto, los cubanos de ahora no aman a sus semejantes y son tan maleducados como burócrata a punto de cerrar la ventanilla; codiciosos hasta los tuétanos. Somos un pueblo malo que se atropella a sí mismo por aburrimiento. Vivimos “metiéndonos el pie” (poniéndonos zancadillas) los unos a los otros por muchísimos años, de modo que Fidel Castro canalizó esa rabiosa actitud movilizándonos para destruir África y la América hispánica (no en ese orden).
Lo mismo que los comunistas, hasta hace no poco muchos de mis compatriotas se jactaban de tener un estado poderoso con la única y asombrosa habilidad de chupar la sangre a otras naciones. Somos chusma que no sabe bien qué quiere, que quiere lo que no quiere, que no quiere lo que quiere, que quiere querer, que quiere y no alcanza absolutamente nada. Y, para decirlo, no sabemos sino cantar reguetones (creyendo que el mundo entero habla “en cubano”. Quizá la ignorancia sea el peor efecto de nuestra avaricia —vicio nacional—, que en Miami y en La Habana toman hoy por virtud.
Hay veces que quisiera haber nacido esquimal. Hay veces que no puedo soportar ser cubano de nacimiento. Ser cubano ahora, en este preciso instante, es un oprobio. Lo digo en serio: no hay criatura más estrecha de ideas, cualquier chisme, cualquier rumor lo “encabilla”. Y se aterra ante lo inesperado. Siempre me pregunté por qué somos —ahora— tan poco levantiscos. Pueblo amulatado que heredó lo peor de las razas de las que desciende: de los árabes la deslealtad, de los godos la degeneración, y de los africanos negros la indolencia y la ferocidad fatua. (Los chinos, por desgracia, no cuentan, son minoría). Gustamos demasiado de perdernos en la cháchara con tal de partir un pelo en cuatro. Es digno de verse lo que somos capaces de hacer con tal de encantar a un extranjero. Ínsula repleta de putas y bugarrones. Asco. Putrefacción. Hemos desencadenado la hubris, hemos roto el orden universal.
¡Dime sí miento! ¡Dímelo! Dime si miento cuando digo que el cubano de ahora no es de fiar; es vil y traidor. ¡Qué bien se nos da la puñalada trapera! El cubano de ahora es mañoso en el trato e incoherente como el herbajo que se inclina según soplen los vientos. ¡Sólo ve lo que le hicieron generales y ministros al anticomunista Machado, o a Batista nada más aparecer los aventureros de la Sierra!
Un pueblo como el nuestro, que se ha dejado sodomizar por un bárbaro hasta convertirlo en emperador, merece cada pulgada… de miseria.
Un pueblo que hoy presta oídos a las arengas de un conductor de televisión amujerado y anticristiano; ave de altísono e inflamado cantar, con la dentadura podrida, el aliento pesado y la manito sudada. A un imbécil que lleva años sin enterarse de que —en español— no se dice “alegadamente” sino presumiblemente. A un ladrón de ropa interior femenina que exalta constantemente a las clases peligrosas, que se codea con cuatreros y vagabundos devenidos poetas de la patria. A un Cagliostro camagüeyano que elige a los más estúpidos y los nombra embajadores de la libertad; que esconde su agenda política tras la denuncia. (Y cuando la situación se tensa, toma vacaciones.)
No obstante, ya va siendo hora de que la “oposición” entienda que, en el capitalismo, los mercaderes (y los mercachifles) son quienes mandan, quienes llevan la voz cantante; aunque eso haga a mucha gente infeliz. Algunas personas no son capaces de ser exitosas en esto del capitalismo. No es su culpa si algún guajirito, que ni siquiera sabe hablar con propiedad, de repente sea mejor que cualquier “político” haciendo dinero y, por ende, acabe teniendo un estatus más alto. Ser malo en una cosa duele. Y, sí, muchas personas se resienten. Los influencers llegaron para quedarse. Negarles el derecho a entrar en la política, como pretenden, por ejemplo, algunos integrantes de Estado de Sats, es caer en una contradicción muy tremenda. Precisamente, porque la democracia, que tanto anhelan, es la libre competencia por el poder.
Me pregunto qué porvenir hay para un pueblo así. ¿Es este el pueblo racional, amoroso, pacífico, inteligente, capaz de autogobernarse, potencialmente democrático y liberal a quien debe confiársele el gobierno? No lo creo, los cubanos de ahora deben ser gobernados de una manera que se les impida hacerse pedazos entre sí. Sólo hay una forma de evitarlo y es imponiéndoles un grado de autoridad rigurosísimo —por parte de hombres que sí comprendan su verdadera naturaleza—. Una autoridad que lo meta en cintura. El cubano necesita una especie de camisa de fuerza que le impida desahogar sus ansias autodestructivas. (Si acaso me crees demasiado pesimista, entonces no conoces nuestra historia.)
Por supuesto, no creo que ese gobierno deba ser el gobierno comunista. Por supuesto que desapruebo el “proceso revolucionario”; de hecho, creo que la Revolución Cubana es el peor castigo que Dios pudo enviarnos por apartarnos de la tradición, por abolir las jerarquías auténticas, por permitir que el estado reemplazara a la Iglesia Católica y demás instituciones subsidiarias en la difícil tarea de mantener un cierto grado de orden social. Los cubanos rebasamos cualquier nivel de barbarismo después de 1902, no antes. Una sociedad que no respeta el poder, inevitablemente se desintegra. La sola idea de un cubano capaz de autocontrolarse, de autocoercionarse, que tanto predica la oposición democrática (supuestamente, racional), es una contradicción en los términos. Pasar de una tiranía totalitaria a la democracia, que es otra suerte de tiranía, sería un grave error.
Un pueblo que llevó el igualitarismo a grados tales, no puede más que situarse sobre el pináculo de la infelicidad. Si lo que quieres es “la democracia”, te invito a examinar su sino.
¿Qué clase de gobierno fuerte debemos instaurar? Pues uno que no sea sádico. Pero no podemos perpetuar el igualitarismo en la isla pretendiendo que el cubano no es una criatura corrupta, pecaminosa, cruel y viciosa a la que sólo se le puede impedir que destruya a los demás mediante la sabia disciplina que le imponen unas pocas personas —lo suficientemente sabias y lo suficientemente poderosas para hacerlo—. Machado lo sabía; Batista también. A esto se reduce nuestra historia después del desprendimiento del imperio español: a breves períodos de frágil convivencia pluripartidista, dos dictaduras y una larguísima tiranía.
Las dos instituciones que nos mantuvieron, comparativamente, viviendo en luenga paz fueron: la corona y la iglesia. Quizá lo ignores. Es de suponer que el cubano de ahora no comprenda en toda su extensión la frase enunciada por tantos valientes ante las bocas de los fusiles revolucionarios: “¡Viva Cristo Rey!” El trono y la cruz son fuentes de autoridad oscuras, impenetrables e incriticables. Como el propio castrismo.
El castrismo no permite cuestionamientos “¿por qué le cambiaron el nombre al ICRT? ¿Por qué existe la institución en primera instancia?” No lo permite porque sabe que si da una respuesta la cuestionaremos preguntando el porqué del porqué del porqué del porqué. Y así hasta el infinito, un proceso sin fin. Si lo permite todo se derrumba y cae.
(Con todo, la diferencia entre un gobierno fuerte y el castrismo puede resumirse en el siguiente postulado: todo castrista obtiene placer ejecutando actos de crueldad. El castrismo tiene al pueblo por un prisionero cuya manutención no rinde ningún beneficio y cuya destrucción no tiene costo.)
Hay quien dice “¿Más castrismo para qué?”, luego se va a dormir y sueña con la democracia. Identificar la democracia con la libertad es error de novatos. La democracia es sólo el disfraz bajo el que operan las fuerzas colectivistas que ya conocimos en el siglo XX (nacionalismo, progresismo, comunismo, racismo, y así). Lo que los cubanos llaman democracia no es más que otro nombre para “escapismo horizontal”.
La revolución francesa fue primero un deseo de los ilustrados, de los iluministas; ellos eran luz y claridad. Ciertamente, no fue la primera revolución, pero sí la primera democracia moderna derivada luego en una sangrienta dictadura totalitaria. Mientras Europa, no digamos Francia, estuvo gobernada por instituciones oscuras muy pocas personas corrosivas podían entrar y competir en el mercado de la política. Liberales, socialistas, jacobinos, científicos, protestantes, jansenistas, judíos, francmasones, ateístas, librepensadores, fueron ellos quienes crearon el sistema político más perverso conocido hasta entonces. Si el próximo gobernante cubano no controla a los izquierdistas estamos perdidos porque todas, absolutamente todas, las sociedades descansan sobre la base del respeto a la autoridad.
Piénsalo, porque las mismas personas que, con verdadera razón, cuestionan la autoridad del castrismo hoy, también cuestionarán la autoridad mañana cuando los Castro se hayan ido. Una sociedad estable se malogra dando rienda suelta a la razón ilustrada, pues si no controlamos la razón ilustrada, la razón ilustrada nos destruirá. Lo que Cuba necesita no es sustituir una revolución por otra, lo que Cuba necesita es lustrarse. Un renacimiento de la oscuridad, por decir mejor.
El cubano de ahora es medio salvaje, primitivo en su modo de ser. Borracho y bárbaro. Una criatura esclavizada por los vicios más detestables. No hay una sola cualidad en nosotros que un hombre civilizado envidie. Este es el sentimiento que la Revolución cubana me instiga. Con todo, no creo en gobiernos militares. Creo en la tradición y todo aquello en que un buen gobierno se funda: la poesía, la mitología, la imaginación y todas las facultades irracionales del ser humano. Pero sobre todo en la jerarquía, pues la igualdad de derechos políticos siempre degenera en bâtonocracia.
Detesté siempre el gobierno militar. Lo detesto ahora y lo detestaré mientras viva. No creas que mi actitud hacia los Castro es ambigua. Si por un lado, Fidel Castro fue un monstruo, un usurpador; por el otro, todo poder es importante, y Fidel Castro tenía poder. No me cabe duda de que los Castro fueron peor que los jacobinos —gente terrible —, ni que fueron “la plaga” que Dios nos mandó; pero los Castro sirvieron (dentro del caos revolucionario de nuestra República) a Cuba de un modo que la filosofía política abstracta valora mucho: los Castro fusilaron. Cualquiera que fusile así ejerce autoridad, quien ejerce autoridad es capaz de establecer orden. En esto superaron a Machado y a Batista, que eran débiles y jugaron a ser democráticos. Y todos sabemos muy bien cómo terminó eso. (Fidel Castro murió en su cama, no en el exilio.)
Los Castro, sí, fueron un par de monstruos borrachos de poder y sangre; sin embargo, cualquier poder es mejor que ningún poder. En ciencias políticas, todo poder es admirable. El castrismo ha sobrevivido a la URSS por 30 años. No es poca cosa. No obstante, este hecho no los hace queribles.
Nuestro pasado nos muestra un cuadro sangriento de hombres poseídos por instintos irracionales e incontrolados. No tengo una visión pesimista o histérica de nosotros, nomás realista. Mas en todo análisis objetivo de la realidad política debemos tomar en cuenta el innato y oscuro impulso de los cubanos a inmolarse, el apetito por la destrucción por el que estamos compuestos en gran medida. Estas son características humanas que la ciencia política debe explotar, tomar nota de ellas, con el objetivo de canalizarlas; pero, por encima de todo, afrontarlas. Mi desprecio por la democracia liberal se basa fundamentalmente en esta visión realista —nada romántica— de nosotros mismos. El cubano no sólo debe ser disciplinado, sino dirigido. Ha demostrado ser totalmente incapaz de gobernarse a sí mismo. Los más gloriosos momentos de progreso económico y social de nuestra República tuvieron lugar bajo el gobierno de pequeñas élites oligárquicas que, a decir verdad, las más de las veces eran grupos de hombres abnegados que intentaban atar a este fiero caimán. Con fuerza sí, pero también con esfuerzo. Y sabe que ello no les proporcionaba ningún placer, como tampoco se complace el policía dando palos a diestra y siniestra. ¿Qué placer puede sentir un agente del orden al tener que hacer el papel del verdugo? El policía tiene hijos, hermanos y amigos que salieron a la calle el 11 de julio.
Cuba es una bestia cuyo telos no es inteligible para ella misma, pero sí tiene que serlo para aquellos que la dirigen.
Nota: extracto del texto publicado aquí