Con la muerte de Raúl Castro, morirá también el relato castrismo versus anticastrismo. Lo que parecía un conflicto entre dos fuerzas opuestas se nos revela hoy como un absurdo: no se trata ya de una batalla, sino de una repetición sin fin de un duelo que nunca pudo resolverse. El país se enfrenta a la fatiga de un relato que ya no ofrece contradicciones. Castrismo y anticastrismo han devenido un cliché. Semejan la estrofa y la antístrofa en la tragedia griega, ambos se responden sin nunca quebrarse; dos caras de una misma moneda.
Alejandro Castro Espín, el heredero, es quien mejor personifica y encarna aquella promesa que se ha desmoronado: igualdad convertida en brutal uniformidad. Pero ¿quién, en el otro extremo,personifica y encarna mejor que nadie el anticastrismo hoy? La respuesta es nadie. Con el anticastrismo sucede lo contrario. O sea, hay tantos anticastrismos como personificaciones.
Por ejemplo, imaginemos un individuo que, además de ser conocido por sus desviaciones sexuales, promover el consumo de la marihuana y defender la religión vudú, se convierte en el protagonista de un acto aún más surrealista: robar ropa interior femenina en un centro comercial, no por necesidad, sino como una mera extravagancia. En un giro aún más irónico, este individuo se convierte en un autoproclamado gurú de la “estética del caos”, ofreciendo conferencias sobre cómo la mezcla de lo ilícito y lo excéntrico puede transformar la vida cotidiana del cubano. ¿Quién sino Alexander Otaola? Piensa, ¿no es este ácaro barbado un degenerado, un depravado,un corrupto, un perdido, un ser sórdido, perverso e impío? ¿No era Raúl Castro todo eso? Sí, Alexander Otaola, es quien cada tarde alza, de esotra parte, en la ribera, su voz por la libertad;pero su discurso, bajo la superficie, promueve otro tipo de control, otra forma de igualar en nombre de la “pluralidad”. Y esta es la marca de la bestia: identificar injustificadamente democracia con libertad.
El uno promete seguridad cruel; el otro, emancipación mediante la imposición de un liberalismo hueco. En el fondo, ambos se mueven en la misma dirección. Y así, en cada vuelta del ciclo, se repite lo mismo. Igualdad y libertad son palabras vacías de sentido para el “cubano de ahora”, porque, aunque diferentes en apariencia, ambos lados conducen al mismo final: la degeneración de lo social, individualismo sin individualidad.
En otras palabras, tenemos castrismo personificado en un Castro y un anticastrismo informando a muchas personas. Esto es, el anticastrismo puede ser Otaola, Payá, Rodiles, Balart, Salazar, Ferrer, Cao, Gutiérrez-Boronat, Sánchez, Fariñas, Milanés, Valdés, etc., pero ninguno de ellos es el Anticastro. ¿Por qué? Pues porque el verdadero Anticastro no es anticastrista, sino contracastrista.
El contracastrismo, es el silencio que rompe la cadena, este ciclo vicioso; su idea no es reescribirel guion, sino a abandonar el escenario de un relato agotado. El contracastrismo no es una reacción a ese pasado, es una salida de él. No se trata ya de elegir entre dos igualitarismos que, disfrazados de ideologías contrarias, han mantenido a Cuba atrapada en su propia cárcel histórica. La muerte de Raúl Castro no solamente marca el fin de una era, sino la consunción de la tragedia que él y su antagonista representan. El contracastrismo es esa ruptura. Es la posibilidad de salir del ciclo, de abandonar la lógica del enfrentamiento eterno y de abrir un nuevo horizonte.
II
No hay manera de saber quién es ni de dónde vendrá el Anticastro, pero sí cuáles son sus signos providenciales. El Anticastro conoce, por ejemplo, cuál es el costo exacto de mantener el régimen comunista:
Desde su perspectiva, el comunismo es un experimento ideológico que menoscaba los valores tradicionales y la gobernanza efectiva. Sabe que el igualitarismo es inherentemente destructivo, que rompe las jerarquías naturales que son esenciales para mantener el orden y la estabilidad. Sabe que este intento de nivelar a todos los individuos nos ha conducido al caos y a la disolución del tejido social isleño. Piensa que las sociedades sanas son gobernadas por élites, y la intención del comunismo isleño de eliminar esta dinámica sólo condujo al estancamiento de nuestracreatividad y progreso. Bajo el comunismo, nuestros líderes naturales, nuestra intelligentsia y nuestros innovadores han sido marginados.
En lo tocante a la economía, el Anticastro rechaza la planificación centralizada por insostenible, puesto que conduce a una asignación ineficiente de recursos y a distorsiones de precios, lo que final e inevitablemente tenía que resultar en el estancamiento económico actual. Está harto de la rigidez ideológica del comunismo; sabe que no se adapta a las circunstancias cambiantes de los mercados y, por ende, está destinado a fracasar. El régimen cubano está, según esto, atrapado en una ortodoxia ideológica que no le permite dar respuestas rápidas ante las crisis.
Por otro lado, cuestiona la legitimidad del poder comunista, pues, ni proviene de un poder soberano fuerte, ni de una autoridad divina, sino de una ideología revolucionaria que se mantiene a través de la propaganda y la coerción. Esto, según él, debilitó al régimen con el tiempo y lo hizo vulnerable al colapso. Sin duda aborrece la deshumanización inherente al colectivismo comunista. A pesar de no ser un defensor del individualismo liberal, considera que el comunismo elimina la responsabilidad personal y la autodeterminación, lo que erosiona la dignidad humana. Al subordinar completamente al individuo al colectivo, el régimen comunista despojó al cubano de toda dignidad.
III
Para el Anticastro, sin embargo, el comunismo tiene cosas buenas:
El régimen castrista, a pesar de su notoriedad por las violaciones de los derechos humanos y su opresión política, se benefició de varias ventajas estructurales que le permitieron perdurar e influir en el parecer de la sociedad. Para el Anticastro es crucial examinar cómo estas ventajas contribuyeron a la resistencia del régimen, a pesar de los numerosos desafíos que ha enfrentado durante décadas.
En primer lugar, el liderazgo centralizado de Castro facilitó una rápida toma de decisiones y una implementación coherente de políticas encaminadas a la sola conservación del poder. Este control absoluto redujo la fragmentación política interna y permitió al régimen reprimir cualquier forma de oposición. El sistema de salud universal que se implementó bajo su gobierno es otro ejemplo notable. Aunque este sistema fue alabado internacionalmente, la realidad es que se utilizó como herramienta de propaganda para proyectar una imagen de bienestar social. Además, las reformas educativas implementadas por Castro fueron efectivas en la erradicación del analfabetismo, y su acceso gratuito generó una población relativamente bien educada. Sin embargo, esta educación también fue utilizada para adoctrinar a las masas en la ideología del régimen, limitando el pensamiento crítico y la diversidad de opiniones. La centralización de la economía permitió al régimen dirigir recursos hacia sectores estratégicos en detrimento de las necesidades básicas de la población, desde los años iniciales del gobierno. La reforma agraria, que redistribuyó tierras de grandes terratenientes entre campesinos y cooperativas, logró obtener un amplio apoyo rural, aunque deterioró la producción agrícola en el mediano y largo plazo. No obstante, esta medida también generó tensiones y descontento en otros sectores, aunque el régimen supo manejar estas situaciones para mantener su base de apoyo en zonas como El Escambray.
El desarrollo de un fuerte aparato militar y de seguridad fue fundamental para la supervivencia del régimen, pues le permitió reprimir a las fuerzas contrarrevolucionarias y mantener un control férreo sobre la disidencia.
Castro también se benefició de redes de solidaridad internacional. Al establecer alianzas con países socialistas y no alineados, pudo recibir apoyo económico y diplomático, especialmente durante la Guerra Fría, lo que redujo el aislamiento que el embargo estadounidense podría haber causado. Esta estrategia se complementó con la promoción de una identidad nacional fuerte y un discurso antiimperialista, fomentando un sentido de unidad frente a lo que se percibía como amenazas externas, especialmente de Estados Unidos.
El control estatal de los medios de comunicación permitió a Castro mantener una narrativa ideológica alineada con los ideales revolucionarios, minimizando el disenso interno y dificultando la influencia externa. Finalmente, los programas sociales que promovió el régimen, centrados en la justicia social y la redistribución de ingresos, aseguraron que muchos cubanos resentidos con el antiguo régimen se vieran apoyados por el Estado, contribuyendo así a la legitimidad del nuevo régimen.
Para el Anticastro todos los gobiernos son regímenes; por eso es vital comprender que el régimen de los Castro, como cualquier otro, se sustentó siempre en la represión y lo que los socialdemócratas llaman “la falta de libertades fundamentales”. Pero, aunque ha logradomantenerse en el poder por décadas, cometió el error de hacerlo a costa de las aspiraciones de su pueblo. Para el Anticastro, estas ventajas estructurales no justifican la opresión sin límites del castrismo, sino que reflejan las complejidades de un régimen que utilizó herramientas tanto sociales como represivas para sostenerse a lo largo del tiempo y que pueden muy bien ser reutilizadas por el próximo régimen para reestablecer el orden.
Este ensayo continúa en la edición para lectores.
