martes, 21 de abril de 2026

Ensayo sobre el futuro racial de Cuba

Por Ray Luna

Suele afirmarse con demasiada ligereza que Cuba es un país occidental, pero esto no es del todo cierto. Cuba es, evidentemente, un país europeo, aunque no esté en Europa. Por supuesto, es también un país occidental, aunque todo depende de lo que se considere “Occidente”.  Este término tiene hoy connotaciones extrañas que dependen del contexto (político, cultural o geográfico). El concepto “Occidente” ha ido evolucionando histórica, filosófica y políticamente. 

En la Antigüedad grecorromana, historiadores como Heródoto o Plinio el viejo describen Occidente sólo desde un punto de vista meramente geográfico con respecto del Oriente. Es decir, la palabra denotaba las regiones situadas al oeste de Grecia y Roma, particularmente las zonas de Iberia, la Galia y las islas británicas. Otros acontecimientos históricos dieron forma a la idea de Occidente, como por ejemplo la división del Imperio Romano durante los siglos quinto y sexto. Tras la desaparición del Imperio Romano de Occidente la división entre el Occidente latino y el Este griego se hace más clara.  Las diferencias creadas por esa división persisten aún. Sin embargo, fue hasta la Edad Media que la palabra Occidente comenzó a identificarse con el cisma de la Iglesia en 1054. Más tarde, en el Renacimiento, el interés por la cultura griega y romana clásicas remodeló nuevamente la idea de Occidente. Su arte y su filosofía sin duda ayudaron a conectar a Occidente con aquellos ideales, aunque superficialmente, pues, se puso demasiado énfasis en el humanismo, individualismo y el secularismo junto con el cristianismo. Sobra decir que la ciencia, la política y la educación moderna europeas se forjan en ese importante período.

Durante la Ilustración, Occidente pasó a significar “civilización”. Esto es, se comienza a pensar en Occidente desde el punto de vista de su singularidad cultural (o sea, no solamente su filosofía, ciencia y gobernanza en contraste con otras culturas, sino se enfatizan la razón, los derechos del individuo, la libertad y la separación del estado y la Iglesia). Es, precisamente, donde toman forma los sistemas políticos propiamente Occidentales, cuyos valores centrales son la democracia, el imperio de la ley y los derechos del hombre. Fue la Ilustración el movimiento que solidificó este sentido identitario occidental fundamentado en el racionalismo, el progreso científico y social, y, por último, en la libertad e igualdad humanas.

Ahora bien, no es hasta después de la Segunda Guerra Mundial que el término Occidente adquiere una connotación político-ideológica propia de la Guerra Fría. Nos referimos al falso relato capitalismo versus comunismo. Cuando comienza la Guerra Fría, lo que los angloparlantes llaman West, y lo que nosotros conocemos como Occidente, se define como el mundo cristiano, pero informado mayoritariamente por las ideas y las instituciones del cristianismo protestante, no el católico. Sobre todo, en lo tocante a la idea de la democracia como un sistema de organización social superior con respecto a los demás.

Aunque, valga decirlo, los sistemas socialistas de los países del Este tenían también un fuerte democratismo incorporado en la organización de sus instituciones. A pesar de que esto último es debatible, no puede negarse que muchos de esos países, inexistentes hoy, llevaban incluso el adjetivo “democrático” en el propio nombre y que promovían un tipo, por así decir, especial de democracia, la cual consideraban no solamente superior sino “la verdadera democracia”. Y ello es comprensible si tomamos en cuenta el igualitarismo sin límites que estas sociedades pusieron en práctica.  

Lo curioso es que ambos polos defendieron y promovieron el racionalismo científico, aunque en direcciones opuestas: el bloque comunista defendía la socialización y el capitalista, el libre mercado. Cabe decir que durante todo el siglo XX las demás culturas jugaron un rol muy menor en cuanto a definir el destino de la humanidad toda. Casi todas las ideologías y formas políticas imperantes en Asia y Oriente provienen de Occidente. En otras palabras, durante el siglo XX el mundo entero se occidentalizó.

Dicho esto, no puede negarse que Cuba sea, definitivamente, un país occidental. Sin embargo, Cuba es más que eso. Cuba es un país europeo en el sentido más estricto de la palabra.

Cuba europea

Geográficamente, Cuba no puede ser considerada un país europeo; pero eso sería como decir que Australia o, incluso, que la Sudáfrica de Botha o Rodesia no eran países europeos porque no estaban en Europa. Y es que los lasos que nos unen con Europa, particularmente con España, debido a nuestro pasado imperial, existirán mientras exista una mayoría eurodescendiente que rija, para bien o para mal, los destinos de la isla. Cada uno de los aspectos de nuestra alta cultura y nuestras instituciones es europeo. Cuba es un caso especial, pues es uno de los países con mayor euro-descendencia entre los países hispanos. Estamos unidos con esos pueblos cultural y lingüísticamente, mas no genéticamente.

Verás, no se trata de simples influencias histórico-culturales, sino de una conexión muchísimo más profunda.

Cuando los europeos pisaron por primera vez la isla, vivían allí diferentes pueblos cuya cultura desapareció por completo, aunque algunos antropólogos digan lo contrario. Esta desaparición se debe al propio proceso natural de la conquista: diezmo violento o por mestizaje y por asimilación de la población indígena. La resistencia de estos fue mínima, en comparación con las grandes culturas precolombinas de la América continental.

Cuba fue el destino de grandes olas de migrantes españoles, esencialmente. No obstante, Cuba recibió significativas cantidades de franceses, italianos, irlandeses y escoceses antes y después de conquistar su frágil independencia. De modo que los descendientes de africanos y asiáticos siempre fueron minorías étnicas cuya relevancia cultural y social no dieron forma a nuestra lengua, sistema legal, arquitectura ni a la religión; puesto que, la gran mayoría de nuestro pueblo, sin importar la etnia, profesa la fe católica. Por ende, no es cierto que Cuba tenga una identidad multicultural, como quiere la izquierda.

En lo adelante, se usará el término eurodescendiente y nunca “blanco”. “Blanco” no es nada más un término heredado ―a veces impuesto― de un relato anglosajón que muy poco tiene que ver con nuestras circunstancias históricas, sino que es un término puramente materialista y, por ende, reduce nuestra identidad a meros rasgos de tipo biológicos. A pesar de que la ciencia genética refuerza el consenso vigente de la existencia real de las razas, nos parece más adecuado utilizar la palabra eurodescendiente por describir una realidad mucho más profunda y duradera.

El término eurodescendiente tiene un carácter amplio, es decir, étnico. El vocablo “etnia”, cuya raíz etimológica proviene del griego θνος, une la raza, la cultura, las tradiciones, la lengua, la historia y el sentido de un destino común de los pueblos, en una palabra. O sea, no está limitado por el componente racial o bio-demográfico, sino que además incluye dentro de sí ―etnia, quiero decir― la voz del espíritu colectivo de los pueblos: sus valores, mitos y las experiencias que han ido definiéndolo a través del tiempo y a lo largo de todas sus generaciones. La palabra “blanco” se suele enmarcar dentro del hiperónimo “raza”. Eurodescendiente, en cambio, cae dentro del hiperónimo “etnia” que no es ni rígido ni reductivo en cuanto que reconoce la unidad orgánica identitaria de las naciones. Esto es, dentro del término “eurodescendiente” agrupamos las fuerzas tangibles e intangibles que dan forma a nuestra civilización. No obstante, no debe pensarse que con su utilización intentamos escapar o rechazamos la realidad material ―y en absoluto superflua― de lo que la ciencia antropológica y la genética llaman “raza”. Simplemente, no creemos que sea comprehensivo, holísticamente hablando. Nuestra gran “civilización católica”, como la llamara Donoso Cortés, no es una simple colección de individuos atomizados, más bien es la unidad de pueblos en una esencia compartida que da forma y sentido a su pasado, que alimenta su presente y les señala el futuro.

 

¿Por qué debemos sentirnos orgullosos de ser eurodescendientes?

Existió en la Capitanía General de la Isla de Cuba un noble capaz de comprender algo muy simple: la esclavitud es una forma de empleo. Por supuesto, es una de las peores formas de empleo que han existido. Sin embargo, el Marqués de la Gratitud hizo hasta lo imposible por eliminar la pesada carga de trabajo que los esclavos, empleados en la siembra, cosecha y molienda de la caña de azúcar, tenían, y sustituirla por máquinas. Este noble señor viajó por las Sugar Islands (colonias inglesas en el Caribe) para informarse mejor acerca de la utilización de las nuevas tecnologías en la producción de azúcar de caña. Esto nos lo cuenta el historiador marxista, Moreno Fraginals, en su libro El ingenio.  Nos cuenta, además, una serie de cosas que, muy a su pesar, hablan extraordinariamente bien del trato que se les dio en Cuba a los esclavos negros. Los libros del Marqués, por otra parte, no expresan abiertamente el optimismo en la industrialización de la producción de caña de azúcar para dar fin a la esclavitud porque Arango y Parreño no creía en la igualdad ni en la libertad liberal como Céspedes o Agramonte. Con todo, sí parecía tener fe en que los avances tecnológicos darían al traste con esa funesta institución humana.

Durante el siglo XIX, la corona española se vio obligada a repoblar la isla con canarios y gentes de otras provincias para acabar con el desbalance racial creado por la amplia y generosa ley de manumisión esclava. En Cuba, como en pocos lugares del imperio español, se practicó múltiples tipos de manumisión: por compra, venta, actos de bondad y decretos legales, por derecho de Nacimiento y por servicio militar.

So pena de tener su propio sistema de castas, en Cuba nunca se promovió la segregación racial como en las colonias inglesas y los Estados Unidos. Es por eso por lo que los eurodescendientes cubanos no deben sentirse avergonzados mucho menos culpables― de esa etapa de nuestra historia. Aún más, ninguno, absolutamente, ninguno de los descendientes de las familias más prominentes de aquella Cuba vive hoy en la isla.

Muchos de los descendientes de estos destacados propietarios de plantaciones del siglo XIX no se quedaron en Cuba después de los cambios políticos y sociales de la isla, en particular después de la Revolución de 1959. La nacionalización de la tierra, incluidas las plantaciones de azúcar, y los cambios radicales introducidos por el gobierno comunista encabezado por Fidel Castro, significaron que muchas de las familias terratenientes ricas, incluidas las que se habían beneficiado de la esclavitud, se vieron obligadas a irse o decidieron huir:

José Antonio de la Cueva y de la Fuente (Marqués de Cárdenas): Sus descendientes huyeron en su mayoría a Miami, Florida, después de la Revolución Cubana en 1959, uniéndose a la comunidad de exiliados cubanos. Algunos también pueden haber regresado a España.

 

José de la Luz y Caballero: Como filósofo e intelectual, sus descendientes pueden haberse dispersado, pero como muchas otras élites, es probable que hayan huido a los EE. UU. o España después de la revolución.

 

Marqués de Santa Lucía (Luis de la Torre): Los descendientes de la familia probablemente se mudaron a España o los EE. UU., particularmente a Miami, después de la Revolución.

 

Antonio de la Torre y Pardo: Es probable que sus descendientes también se mudaran a España o los EE. UU. (Miami) después de la revolución, como lo hicieron muchas familias cubanas adineradas.

 

La familia D'Clouet: Esta familia, de origen criollo francés, probablemente se mudó a Miami o Luisiana después de la Revolución Cubana. Algunos también pueden haber regresado a Francia o España.

 

Luis Díaz y Mena: Al igual que otros terratenientes prominentes, sus descendientes probablemente huyeron a Miami o España después de la Revolución.

 

Pedro de Cárdenas: Es probable que su familia huyera a los Estados Unidos (especialmente a Miami) o a España después de la Revolución.

 

Carlos Manuel de Céspedes: Si bien el propio Céspedes se convirtió en un líder en la lucha de Cuba por la independencia, sus descendientes se vieron afectados por los cambios políticos. Muchos de los miembros de su familia se mudaron a Miami después de la revolución.

 

En resumen, la mayoría de estas familias huyeron a los Estados Unidos (principalmente a Miami) o a España después de la Revolución debido a la nacionalización de sus propiedades y la agitación social que trajo consigo el nuevo régimen comunista.

La Nueva Izquierda cubana o novocastrismo, que nació y se forjó bajo el castrismo, pero que ahora se ha insertado también dentro del anticastrismo, lleva algún tiempo intentando impulsar la agenda woke de la “diversidad” (aprendida del Departamento de Estado y las agencias fachadas de la CIA, quienes financian la gran mayoría de sus activistas y medios de comunicación pseudo independientes). Y lo hacen de un modo no muy diferente al castrismo primitivo, que durante años impulsó el mestizaje y promocionó la cultura africana como superior y como “la cultura cubana” par excellence. Una manera muy perversa pero eficaz de vender la Revolución como solución al colonialismo y los problemas raciales que aquejaban al Tercer Mundo.  El novocastrismo y el anticastrismo, que son en esencia dos movimientos políticos progresistas opuestos, mas no contradictorios y exclusivos, quieren hacernos creer que la diversidad es lo que hizo y hará grande a Cuba.



Este ensayo continúa en la edición para lectores.

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