Por Ray Luna
Suele afirmarse con demasiada ligereza que Cuba es un país occidental, pero esto no es del todo cierto. Cuba es, evidentemente, un país europeo, aunque no esté en Europa. Por supuesto, es también un país occidental, aunque todo depende de lo que se considere “Occidente”. Este término tiene hoy connotaciones extrañas que dependen del contexto (político, cultural o geográfico). El concepto “Occidente” ha ido evolucionando histórica, filosófica y políticamente.
En la Antigüedad grecorromana,
historiadores como Heródoto o Plinio el viejo describen Occidente sólo desde un
punto de vista meramente geográfico con respecto del Oriente. Es decir, la
palabra denotaba las regiones situadas al oeste de Grecia y Roma,
particularmente las zonas de Iberia, la Galia y las islas británicas. Otros
acontecimientos históricos dieron forma a la idea de Occidente, como por
ejemplo la división del Imperio Romano durante los siglos quinto y sexto. Tras
la desaparición del Imperio Romano de Occidente la división entre el Occidente
latino y el Este griego se hace más clara. Las diferencias creadas por esa división
persisten aún. Sin embargo, fue hasta la Edad Media que la palabra Occidente
comenzó a identificarse con el cisma de la Iglesia en 1054. Más tarde, en el
Renacimiento, el interés por la cultura griega y romana clásicas remodeló
nuevamente la idea de Occidente. Su arte y su filosofía sin duda ayudaron a
conectar a Occidente con aquellos ideales, aunque superficialmente, pues, se puso
demasiado énfasis en el humanismo, individualismo y el secularismo junto con el
cristianismo. Sobra decir que la ciencia, la política y la educación moderna
europeas se forjan en ese importante período.
Durante la Ilustración,
Occidente pasó a significar “civilización”. Esto es, se comienza a pensar en
Occidente desde el punto de vista de su singularidad cultural (o sea, no
solamente su filosofía, ciencia y gobernanza en contraste con otras culturas,
sino se enfatizan la razón, los derechos del individuo, la libertad y la
separación del estado y la Iglesia). Es, precisamente, donde toman forma los
sistemas políticos propiamente Occidentales, cuyos valores centrales son la
democracia, el imperio de la ley y los derechos del hombre. Fue la Ilustración
el movimiento que solidificó este sentido identitario occidental fundamentado
en el racionalismo, el progreso científico y social, y, por último, en la
libertad e igualdad humanas.
Ahora bien, no es hasta
después de la Segunda Guerra Mundial que el término Occidente adquiere una
connotación político-ideológica propia de la Guerra Fría. Nos referimos al
falso relato capitalismo versus comunismo. Cuando comienza la Guerra Fría, lo
que los angloparlantes llaman West, y lo que nosotros conocemos como
Occidente, se define como el mundo cristiano, pero informado mayoritariamente por
las ideas y las instituciones del cristianismo protestante, no el católico.
Sobre todo, en lo tocante a la idea de la democracia como un sistema de
organización social superior con respecto a los demás.
Aunque, valga decirlo, los
sistemas socialistas de los países del Este tenían también un fuerte democratismo
incorporado en la organización de sus instituciones. A pesar de que esto último
es debatible, no puede negarse que muchos de esos países, inexistentes hoy,
llevaban incluso el adjetivo “democrático” en el propio nombre y que promovían
un tipo, por así decir, especial de democracia, la cual consideraban no
solamente superior sino “la verdadera democracia”. Y ello es comprensible si
tomamos en cuenta el igualitarismo sin límites que estas sociedades pusieron en
práctica.
Lo curioso es que ambos polos
defendieron y promovieron el racionalismo científico, aunque en direcciones
opuestas: el bloque comunista defendía la socialización y el capitalista, el
libre mercado. Cabe decir que durante todo el siglo XX las demás culturas
jugaron un rol muy menor en cuanto a definir el destino de la humanidad toda. Casi
todas las ideologías y formas políticas imperantes en Asia y Oriente provienen
de Occidente. En otras palabras, durante el siglo XX el mundo entero se
occidentalizó.
Dicho esto, no puede negarse
que Cuba sea, definitivamente, un país occidental. Sin embargo, Cuba es más que
eso. Cuba es un país europeo en el sentido más estricto de la palabra.
Cuba
europea
Geográficamente, Cuba no
puede ser considerada un país europeo; pero eso sería como decir que Australia
o, incluso, que la Sudáfrica de Botha o Rodesia no eran países europeos porque
no estaban en Europa. Y es que los lasos que nos unen con Europa,
particularmente con España, debido a nuestro pasado imperial, existirán
mientras exista una mayoría eurodescendiente que rija, para bien o para mal,
los destinos de la isla. Cada uno de los aspectos de nuestra alta cultura y
nuestras instituciones es europeo. Cuba es un caso especial, pues es uno de los
países con mayor euro-descendencia entre los países hispanos. Estamos unidos
con esos pueblos cultural y lingüísticamente, mas no genéticamente.
Verás, no se trata de simples
influencias histórico-culturales, sino de una conexión muchísimo más profunda.
Cuando los europeos pisaron
por primera vez la isla, vivían allí diferentes pueblos cuya cultura
desapareció por completo, aunque algunos antropólogos digan lo contrario. Esta
desaparición se debe al propio proceso natural de la conquista: diezmo violento
o por mestizaje y por asimilación de la población indígena. La resistencia de
estos fue mínima, en comparación con las grandes culturas precolombinas de la
América continental.
Cuba fue el destino de
grandes olas de migrantes españoles, esencialmente. No obstante, Cuba recibió
significativas cantidades de franceses, italianos, irlandeses y escoceses antes
y después de conquistar su frágil independencia. De modo que los descendientes
de africanos y asiáticos siempre fueron minorías étnicas cuya relevancia
cultural y social no dieron forma a nuestra lengua, sistema legal, arquitectura
ni a la religión; puesto que, la gran mayoría de nuestro pueblo, sin importar
la etnia, profesa la fe católica. Por ende, no es cierto que Cuba tenga una
identidad multicultural, como quiere la izquierda.
En lo adelante, se usará el término eurodescendiente y nunca “blanco”. “Blanco” no
es nada más un término heredado ―a veces impuesto― de un relato anglosajón que
muy poco tiene que ver con nuestras circunstancias históricas, sino que es un
término puramente materialista y, por ende, reduce nuestra identidad a meros
rasgos de tipo biológicos. A pesar de que la ciencia genética refuerza el
consenso vigente de la existencia real de las razas, nos parece más adecuado
utilizar la palabra eurodescendiente por describir una realidad mucho más
profunda y duradera.
El término
eurodescendiente tiene un carácter amplio, es decir, étnico. El vocablo
“etnia”, cuya raíz etimológica proviene del griego ἔθνος, une la raza, la
cultura, las tradiciones, la lengua, la historia y el sentido de un destino
común de los pueblos, en una palabra. O sea, no está limitado por el componente
racial o bio-demográfico, sino que además incluye dentro de sí ―etnia,
quiero decir― la voz del espíritu colectivo de los pueblos: sus valores, mitos
y las experiencias que han ido definiéndolo a través del tiempo y a lo largo de
todas sus generaciones. La palabra “blanco” se suele enmarcar dentro del
hiperónimo “raza”. Eurodescendiente, en cambio, cae dentro del hiperónimo “etnia”
que no es ni rígido ni reductivo en cuanto que reconoce la unidad orgánica
identitaria de las naciones. Esto es, dentro del término “eurodescendiente”
agrupamos las fuerzas tangibles e intangibles que dan forma a nuestra
civilización. No obstante, no debe pensarse que con su utilización intentamos
escapar o rechazamos la realidad material ―y en absoluto superflua― de lo que
la ciencia antropológica y la genética llaman “raza”. Simplemente, no creemos
que sea comprehensivo, holísticamente hablando. Nuestra gran “civilización
católica”, como la llamara Donoso Cortés, no es una simple colección de
individuos atomizados, más bien es la unidad de pueblos en una esencia
compartida que da forma y sentido a su pasado, que alimenta su presente y les
señala el futuro.
¿Por qué debemos sentirnos orgullosos de ser eurodescendientes?
Existió en la Capitanía
General de la Isla de Cuba un noble capaz de comprender algo muy simple: la
esclavitud es una forma de empleo. Por supuesto, es una de las peores formas de
empleo que han existido. Sin embargo, el Marqués de la Gratitud hizo hasta lo
imposible por eliminar la pesada carga de trabajo que los esclavos, empleados
en la siembra, cosecha y molienda de la caña de azúcar, tenían, y sustituirla
por máquinas. Este noble señor viajó por las Sugar Islands (colonias
inglesas en el Caribe) para informarse mejor acerca de la utilización de las
nuevas tecnologías en la producción de azúcar de caña. Esto nos lo cuenta el
historiador marxista, Moreno Fraginals, en su libro El ingenio. Nos cuenta, además, una serie de cosas que,
muy a su pesar, hablan extraordinariamente bien del trato que se les dio en
Cuba a los esclavos negros. Los libros del Marqués, por otra parte, no expresan
abiertamente el optimismo en la industrialización de la producción de caña de
azúcar para dar fin a la esclavitud porque Arango y Parreño no creía en la
igualdad ni en la libertad liberal como Céspedes o Agramonte. Con todo, sí
parecía tener fe en que los avances tecnológicos darían al traste con esa
funesta institución humana.
Durante el siglo XIX, la corona
española se vio obligada a repoblar la isla con canarios y gentes de otras
provincias para acabar con el desbalance racial creado por la amplia y generosa
ley de manumisión esclava. En Cuba, como en pocos lugares del imperio español, se
practicó múltiples tipos de manumisión: por compra, venta, actos de bondad y
decretos legales, por derecho de Nacimiento y por servicio militar.
So pena de tener su propio
sistema de castas, en Cuba nunca se promovió la segregación racial como en las
colonias inglesas y los Estados Unidos. Es por eso por lo que los
eurodescendientes cubanos no deben sentirse avergonzados ―mucho
menos culpables― de esa etapa de nuestra historia. Aún más, ninguno,
absolutamente, ninguno de los descendientes de las familias más prominentes de
aquella Cuba vive hoy en la isla.
Muchos de los descendientes
de estos destacados propietarios de plantaciones del siglo XIX no se quedaron
en Cuba después de los cambios políticos y sociales de la isla, en particular
después de la Revolución de 1959. La nacionalización de la tierra, incluidas
las plantaciones de azúcar, y los cambios radicales introducidos por el
gobierno comunista encabezado por Fidel Castro, significaron que muchas de las
familias terratenientes ricas, incluidas las que se habían beneficiado de la
esclavitud, se vieron obligadas a irse o decidieron huir:
José Antonio de la
Cueva y de la Fuente (Marqués de Cárdenas): Sus
descendientes huyeron en su mayoría a Miami, Florida, después de la Revolución
Cubana en 1959, uniéndose a la comunidad de exiliados cubanos. Algunos también
pueden haber regresado a España.
José de la Luz y
Caballero: Como filósofo e
intelectual, sus descendientes pueden haberse dispersado, pero como muchas
otras élites, es probable que hayan huido a los EE. UU. o España después de la
revolución.
Marqués de Santa
Lucía (Luis de la Torre): Los descendientes de la
familia probablemente se mudaron a España o los EE. UU., particularmente a
Miami, después de la Revolución.
Antonio de la
Torre y Pardo: Es probable que sus
descendientes también se mudaran a España o los EE. UU. (Miami) después de la
revolución, como lo hicieron muchas familias cubanas adineradas.
La familia
D'Clouet: Esta familia, de origen
criollo francés, probablemente se mudó a Miami o Luisiana después de la
Revolución Cubana. Algunos también pueden haber regresado a Francia o España.
Luis Díaz y Mena: Al igual que otros terratenientes prominentes, sus
descendientes probablemente huyeron a Miami o España después de la Revolución.
Pedro de Cárdenas: Es probable que su familia huyera a los Estados Unidos
(especialmente a Miami) o a España después de la Revolución.
Carlos Manuel de
Céspedes: Si bien el propio Céspedes
se convirtió en un líder en la lucha de Cuba por la independencia, sus
descendientes se vieron afectados por los cambios políticos. Muchos de los
miembros de su familia se mudaron a Miami después de la revolución.
En resumen, la mayoría de
estas familias huyeron a los Estados Unidos (principalmente a Miami) o a España
después de la Revolución debido a la nacionalización de sus propiedades y la
agitación social que trajo consigo el nuevo régimen comunista.
La Nueva Izquierda cubana o novocastrismo, que nació y se forjó bajo el castrismo, pero que ahora se ha insertado también dentro del anticastrismo, lleva algún tiempo intentando impulsar la agenda woke de la “diversidad” (aprendida del Departamento de Estado y las agencias fachadas de la CIA, quienes financian la gran mayoría de sus activistas y medios de comunicación pseudo independientes). Y lo hacen de un modo no muy diferente al castrismo primitivo, que durante años impulsó el mestizaje y promocionó la cultura africana como superior y como “la cultura cubana” par excellence. Una manera muy perversa pero eficaz de vender la Revolución como solución al colonialismo y los problemas raciales que aquejaban al Tercer Mundo. El novocastrismo y el anticastrismo, que son en esencia dos movimientos políticos progresistas opuestos, mas no contradictorios y exclusivos, quieren hacernos creer que la diversidad es lo que hizo y hará grande a Cuba.
Este ensayo continúa en la edición para lectores.
